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miércoles, 20 de junio de 2012

Dracula (1979)





Dracula (Dracula)
(1979)
Director: John Badham
Guión   : W. D. Richter

Frank Langella
Laurence Olivier
Donald Pleasence
Kate Nelligan
Trevor Eve
Jan Francis





Un conde transilvano viaja a Londres para vivir en una extraña y vieja abadía. Pero alberga un secreto terrible que influirá a todos los que le conozcan…


Tratar de presentar una película de Dracula puede suponer algo superfluo. Todo el mundo ha oído hablar del personaje y no hay nadie que no tenga una idea clara de él: conde apuesto, colmillos de por medio y mucha, mucha maldad. Y el gran responsable de dicha imagen es el cine y las distintas imágenes que, a lo largo del tiempo y usando rostros de distintos actores, nos ha ofrecido del conde vampiro. Y es que las pantallas nos han dado muchas y muy variadas versiones (y no precisamente fieles) del personaje creado por Bram Stoker: desde la terrorífica Nosferatu, pasando por Dracula con el rostro de Bela Lugosi o los ojos inyectados en sangre de Christopher Lee. Por no hablar de la increíble caracterización de Gary Oldman. Y, entre todo eso, cosas tan curiosas como las protagonizadas por John Carradine, escarceos con karatecas variados o la inclusión del personaje en el western (sí, habéis leído bien)

Schreck
Lee
Pues bien, la versión que hoy nos toca es un Dracula que aporta su granito de arena a una imagen a la que no suele asociarse al conde pero que está ahí. Y, le pese a quién le pese, esa es la romántica. Veamos…

Nada más empezar contamos con una grata sorpresa: sentimos que la música tiene un algo especial. Lo comprendemos cuando en los títulos vemos que el responsable es John Williams, autor de La guerra de las galaxias, Superman o Indiana Jones. Estupendo. Seguimos y, si nos fijamos, vemos que esta obra no es una adaptación del libro original, si no de una obra de gran éxito en Broadway escrita por Hamilton Deane y John L. Balderston. Esto no es de sorprender porque lo mismo pasó con la versión de 1931 de Tod Browning. Una vez bien metidos en faena, acudimos a una noche tormentosa en mitad del mar y un barco repleto de marineros muertos de miedo. Y ahí se produce uno de los pocos momentos sangrientos: una mano destroza la garganta a un pobre marinero que iba a arrojar una caja repleta de tierra al mar. El barco llega a tierra y comenzamos a conocer a otros personajes.

Y aquí,comprendemos que, justo por tratarse de una adaptación basada en una obra de teatro, en esta película nos vamos a encontrar con que  todo está alterado con respecto a la obra original. Para empezar, Jonathan Harker ama a Lucy, no a Mina. Esta resulta ser hija de Van Helsing y Rendfield es un personaje casual que pasa por allí. El único que mantiene el espíritu original es el doctor Seward, responsable del manicomio. Y digo todo esto sin ánimo de atacar la cinta, ni mucho menos, ya que, repito, lo mismo, a su modo, ocurrió con el Dracula de 1931 o con la versión de 1958 de Terence Fisher. Y es que, en cuestión de fidelidad al texto original, el Dracula de los cines es un caso raro, porque creo que no hay versión que mantenga los elementos originales al cien por cien.

Una cosa a tener en cuenta es la ambientación que reina en toda la cinta, muy bien conseguida tanto en lo que se refiere al vestuario, muy de época, como a los decorados. Destaco, sobre todo, la abadía de Dracula, imagen tradicional de lugar abandonado, viejo, oscuro, derruido y repleto de telarañas (mirad la escena en la que cena con Mina, todo repleto de velas y cómo hay una toma desde el punto de vista de una tela de araña por la que vemos pasearse una araña enorme)

Otro detalle a favor es el uso del sonido para crear ambiente, recurso más que atractivo pero cuya utilización no está muy explotada en las adaptaciones del conde a la gran pantalla, ya que suele predominar lo visual-escatológico por encima de cualquier otra cosa. Si nos fijamos bien, en esta película se usa de manera muy acertada el aullido de los lobos de fondo para crear un ambiente de cuento de terror a la antigua usanza; no tiene por qué dar miedo en absoluto (una característica muy peculiar de esta peli, que ya comentaré más tarde) pero, para mí, muy efectivo.
Y llegamos al apartado de los actores. Aquí hay dos grupos: los experimentados, con muchas tablas y mucha arte actoral por delante y luego, los más “jóvenes” que los secundan. ¿Entre los primeros? Sin duda Donald Pleasence, que nos da un doctor Seward muy convincente y natural. Y, cómo no, en este grupo hay que hablar del más grande, nada menos que Lawrence Olivier interpretando al profesor Van Helsing, el enemigo de Dracula. Aquí Olivier está ya muy mayor pero, pese a todo eso, sigue destilando una naturalidad y un saber hacer impresionantes a partes iguales. Y es que, el que vale, da igual los años que le pesen. Y estos dos actores, para este humilde aficionado, valían y mucho. Acompañándoles tenemos a Kate Nelligan como Lucy, Trevor Eve haciendo de Jonathan, Jan Francis como Mina Van Helsing o Tony Haygarth como Renfield. Para mí, todos ellos cumplen bien pero debo admitir que, como personajes en sí, los de Harker y Rendfield me parecen un poquito descafeinados.

Y, si de actores hay que hablar, mención especial debemos hacer a la estrella de todo el asunto: Frank Langella como Dracula. Para el actor este papel no supuso ninguna novedad, ni mucho menos. ¿La razón? Lo llevaba interpretando ya un tiempo con mucho éxito nada menos que en los famosos escenarios de Broadway durante 1978. Como actor de teatro, Langella no sólo se curtió a base de bien (fue nominado a un Tony por interpretar al vampiro, premio que ya consiguió por la obra Seascape) sino que adquirió fama por hacer una versión muy sensual del personaje. De hecho, si investigamos un  mínimo acerca del mismo, descubriremos que la palabras “sexy”, “atractivo” o “sensual” siempre van acompañadas del nombre del actor cuando se habla de este papel (aspectos que quedaron totalmente de lado en las anteriores interpretaciones de Lugosi, Lee o Schreck) Interpretar a Dracula en el cine no sólo le dio mayor éxito, sino que  le convirtió en una especia de sex symbol asociado, sobre todo, al personaje. Para mí, Langella ofrece un buen Dracula. ¿Terrorífico? No mucho, la verdad, pero sí inquietante y misterioso. Fijaos en que mantiene un rostro muy impasible pero expresivo a la vez y, además, parpadea lo mínimo. Y sí, muy sexy el hombre. ¡Hay que admitir las cosas!
No busquemos escenas truculentas o sangrientas en esta película porque no vamos a encontrar muchas. Sí, hay una mano que desgarra una garganta al principio y algún que otro vampiro pululando por ahí, pero no más. Y es que esta película es más bien una historia de terror gótico (es decir, ambientación, trajes de época, niebla rodeando todo, lobos aullando…) que de terror puro y duro, ese que hace sentir mal al espectador. Aquí se puede decir que hay golpecitos de efecto que, a mí, por lo menos, me han encantado: Langella reptando por las pareces del castillo (efecto que vemos por primera vez en el cine), caballos asustados detectando dónde hay un vampiro (¿referencia a Nosferatu?)  o cierta vampira muy bien maquillada que se encuentra con su padre (una de mis escenas favoritas)

¿Cosas mejorables? Alguna, claro. Una de las principales características que siempre me han llamado la atención de esta peli es que está demasiado anclada en la época en que se rodó, es decir, finales de los setenta. Eso se puede ver en los peinados que luce a veces en amigo Langella, el de Harker, bigote por delante o, en una de las escenas más famosas de la peli, la pseudo-psicodélica del comienzo de la “aventura” amorosa entre Lucy y Dracula, llena de tomas tumbadas, mucha niebla y, sobre todo, filtros de color naranja. Claro que dicha escena a mí me gusta porque, al fin, vemos a la prota beber la sangre del pecho del conde. Ah, y no busquéis colmillos porque no los hay. Se muerde, sí, pero no más (aspecto que hace que muchos consideren esta versión un remake de la de Lugosi, donde tampoco había colmillos. Bueno, es una teoría…)

Hay quien considera que el mayor fallo de esta cinta es que predomina el romanticismo por encima del terror. Sí, es cierto que, quizás, aquí hay mucho ligoteo; mucho beso y poco mordisco. Pero, repito, a mí siempre me ha dado la impresión de que la intención de esta cinta nunca fue el miedo, si no el golpe de efecto en general. Claro que esta es mi teoría…

En resumen, una película que recomiendo ver y que, debo admitir, me gusta mucho. Quizás, precisamente, porque se sale de la norma y se diferencia de las anteriores (y de muchas que han venido después) Una película de factura elegante muy bien llevada e interpretada que demuestra, al menos para este que escribe, que, sin necesidad de escenas desagradables ni sangre que salpique al personal, se puede contar una historia intrigante llena de misterio y pasión a parte iguales.

Langella en todo su esplendor

Os animo a verla; merece la hora y cuarenta y nueve minutos que dura.

¡Saludos vampíricos!
Curiosidades:

-John Badham, el director, fue el responsable de Fiebre del sábado noche y de otros hits de los ochenta como Cortocircuito o Juegos de guerra.

-En su época, la peli de Dracula más cara jamás filmada.

-Si veis la peli descubriréis que el color es muy tenue. Y es que el director quiso rodarla en blanco y negro (cosa que creo que la haría ganar mucho) pero el estudio dijo que no y se filmó de manera muy colorida utilizando el Technicolor. Badham se tomó la revancha cuando la peli salió en laser disc allá por 1991 y eliminó casi toda la paleta cromática. Por eso la película parece a veces en blanco y negro.

-Me acabo de enterar que, para interpretar al conde, se barajaron nombres como Clint Eastwood o Harrison Ford. ¿Os los imagináis? A mí me cuesta…

-La película no terminó de funcionar bien en taquilla. Sólo con los años se ha convertido de mera curiosidad a status casi de “película de culto”

-Esta cinta es algo curiosa por el efecto que produce: o te gusta mucho o la odias.

-Langella fue años después otro malo malísimo: Skeletor en Los Masters del universo. Eso sí, menos sensual. 

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