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sábado, 3 de enero de 2015

La maldición de la calavera




La maldición de la calavera (The Skull)

(1965)

Director: Freddie Francis.

Guión   : Robert Bloch, Milton Subotsky.



Peter Cushing.

Christopher Lee.

Patrick Wymark.











Un coleccionista de objetos extraños se hace con la calavera del Marqués de Sade…


Vamos allá con otra película salida de la factoría Amicus. Para el que no haya oído nada de ella (en este blog ya he comentado alguno de sus productos, como Doctor Terror y la casa de los horrores), fue una productora especializada en el género de terror que surgió a mediados de los sesenta y duró hasta 1978. Sus estrellas fueron, sobre todo, las salidas de la Hammer como Peter Cushing o Christopher Lee y la temática de las cintas recordaba mucho a los de la anterior productora: monstruos, sangre, terror gótico y sus derivados.

La maldición de la calavera es un buen ejemplo del cine que surgió de sus estudios: temática algo macabra, la dosis justa de sangre y asesinatos y dos estrellas del género de terror compartiendo celuloide y principal reclamo de la misma: el gran Peter Cushing y Christopher Lee.


Si bien debo decir que la película, al menos para mí, está lejos de ser uno de los mejores productos de la singladura, sí debo admitir que tiene unas cuantas cosas que me gustan:

Para empezar, tiene un comienzo muy bueno: la primera imagen que vemos del metraje es una cruz vista a través de la verja de un cementerio. Luego somos testigos de cómo unos personajes profanan una tumba y cortan la cabeza al cadáver. ¿De quién es la tumba? ¿Quiénes son esos personajes? A saber. Eso aporta el toque justo de misterio. Y, lo mejor de todo, toda esta escena inicial sin música ni diálogos.

Seguimos porque el profanador de tumbas se lleva la cabeza a su casa. Se le ve impaciente y le da exactamente igual que una mujer muy sexi con ganas de jarana se le insinúe nada más llegar usando un baño de espuma como reclamo. Nada, donde hay una cabeza recién cortada que se quiten las hembras y sus atributos. Por eso, haciendo caso omiso de la pobre chica, el amigo va a lo suyo: disuelve la cabeza en ácido y se queda con la calavera. Y más feliz que unas pascuas. Menos mal que luego viene la tragedia en forma de muerte. En resumidas cuentas, un muy buen comienzo que deja una cosa bien clara: entre los muertos y los vivos, escoge a estos últimos. Y si, encima, se trata de una mujer con ganas de fiesta, mejor que mejor.



Pasamos al presente y nos llevamos otra sorpresa de las buenas: Peter Cushing y Christopher Lee se ven las caras en una subasta de unas figuras demoníacas. Aquí salté de gozo pensando que los dos se liarían en un preámbulo de enfrentamiento a los que nos tiene acostumbrados pero, para decepción mía, parece que son amigos. ¡Vaya! Lo bueno es que los personajes se nos definen pronto y bien: Peter Cushing es una especie de coleccionista/friki de todo tipo de cosas raras y Lee también. De paso, conocemos al señor Marco en su papel de rastrero y pesetero buscador de cosas raras.

Quitando algún que otro flash back en el cual se nos va a dejar clara la importancia de cierta calavera, el resto de la acción se sitúa en el presente y las vicisitudes que crea en Cushing la dichosa calavera que resulta ser lo que queda del Marqués de Sade. Ahí es nada…

Otro punto a favor es que, si bien sin pasarse, se crea cierto aire de misterio conforme avanza la trama que se potencia a través de escenas como la del sueño surrealista de Cushing (que más tarde comentaré por otras razones) o, por supuesto, con sus dosis justas de asesinatos que, si bien algo tarde y precitados, lo cierto es que ahí quedan.

Sigo, claro.  Y es que, como puedes imaginar, en un película que se llama así hay algo fundamental que es el eje de todo: la dichosa calavera y toda la parafernalia que la acompaña. Para empezar, son muy curiosos esos planos en plan visión subjetiva en los que la cámara enfoca desde el interior de la misma y que hace que de la sensación que de que el espectador está dentro de ella. Y, por supuesto, en este sentido, debo hacer una mención especial a todo el despliegue de la reliquia en la última parte de la película cuando la vemos volar de un lado a otro, salir de la vitrina donde se supone que está encerrada o hacer que los libros vuelen o las puertas se abran solas además de, claro está, de hipnotizar al personal y hacer que cometa crímenes. Muy curioso ese efecto, de nuevo desde el interior de la calavera, en la que parece que sigue con su mirada los movimientos de los personajes.

Y, por último, nombrar como detalle significativo que prácticamente toda la parte final de la peli se podría decir que transcurre sin diálogo. Sí, hay alguno que otro en plan grito, pero poco más. Esto, a fin de cuentas, no deja de resultar original y, al menos para servidor, es uno de los momentos más destacables de toda la cinta.




¿Aspectos mejorables? Para mí, desde luego, algunos.

Para empezar, debo mencionar la trama en sí de la película: el tema de la calavera embrujada me parece un poquito traída por los pelos. En mi humilde opinión, es un motivo algo flojo para justificar la peli que tenemos por delante, algo así como una sensación de que, en conjunto, la cosa queda un poquito coja, como si le faltara un buen empujón, algo de chispa de la vida (o, según lo que vemos en la peli, de la muerte. Toma comentario macabro...)

El personaje de Marco nunca me ha caído bien. No por el actor, Patrick Wymark, que creo que lo hace de manera correcta, sino por cómo está descrito. Su charla acerca de la calavera que suelta a Cushing me resulta muy artificial, paseando de un lado a otro en plan académico que oculta algo. Demasiado erudito, forzado y sabiondo.

Otro aspecto para mí mejorable es que me resulta, sobre todo al principio, algo lenta. Los flash backs de la calavera pasen pero la historia del dichoso objeto ya nos queda muy clara. ¿Por qué repetirla recordando el pasado y con la charla de Marco a la vez? ¿Por qué perder tanto tiempo primero con el libro del marqués y luego con su calavera? No es hasta que Cushing tiene ese sueño raro cuando las cosas comienzan a acelerarse un poco.

Y esto me lleva a la escena de dicho sueño en sí: surrealista total, como ya comenté antes. Poco diálogo, mucho colorín, un juez del pasado chiflado y una pistola para jugar a la ruleta rusa. Ah, y humo surgiendo de las paredes mientras la calavera flota y flota. Como poco, raro y, si me apuráis, hasta un poquito ridículo.

Y si de cosas raras hablamos, debo hacer referencia a una escena en la que Cushing y Lee, mientras juegan al billar, hablan de la calavera dichosa. Lee parece estar al tanto de todo lo relacionado con ella y hablan de muertes, posesiones y sus derivados de la manera más normal y natural del mundo, sin dejar de beber ni de jugar. Vamos, que ni se inmutan. Y digo yo, a fin de cuentas, hablan de muertes y de ser poseído por un espíritu rencoroso y asesino. Algo más de vida, ¿no? Y a todo esto, ¿por qué el espíritu de De Sade sigue en la calavera? ¿Cómo saben esto con  tanta seguridad?  ¿Y de dónde la saca Marco?

En resumidas cuentas, una película, para mí, claro está, muy irregular. Le falta empuje, emoción y en definitiva, terror. La calavera se muestra muy blanca, limpia y pulidita. Algo más de gesto desagradable en plan maligno no le hubiera venido mal porque me ha dado la impresión de que está sacada de uno de esos juegos de anatomía humana de niños solo que en tamaño natural. Creo que, si no fuera por la presencia de dos figuras como Peter Cushing y Christopher Lee, esta película estaría en el más lejano de los olvidos y, de hecho, la presencia de Lee es transitoria del todo; es Cushing quien lleva todo el peso de la misma sobre sus espaldas y quien, con su buen hacer habituales, salva el metraje de ser un quiero y no puedo evidente.

Pues dicho queda. Yo la he visto como curiosidad. ¿Esperaba algo más? Sin duda. Bueno, a su modo, es entretenida y eso siempre es de agradecer. Además, ver a Lee y Cushing juntos de nuevo me ha dejado cierto buen sabor de boca que nunca viene mal.


Vigilad el cielo.








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