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miércoles, 1 de agosto de 2012

Viaje al séptimo planeta

Viaje al séptimo planeta (Journey to the seventh planet)
(1962)
Director: Sidney W. Pink
Guión   : Sidney W. Pink, Ib Melchior

John Agar
Carl Ottosen
Peter Monch
Ove SprogøeLouis Miehe-Renard 






Un cohete viaja a Urano, un planeta lleno de desagradables sorpresas… 
Empecemos con el trailer:



¡Y qué viaje, amigos! ¡Menudo delirio! Creí que nunca se acabaría. Es lo que tiene largarte al séptimo de los planetas del sistema solar cuando podrías escoger irte a otro más soleado y, sobre todo, no tan complicado. En fin, será mejor apretar el freno y no empezar por el final.
La acción de la película se sitúa en el “lejano” 2001. En esta época, el ser humano ha alcanzado la utopía total: no hay guerras, sí avances y la ciencia se ha desarrollado una barbaridad. Tanto, que los planetas ya están visitados y colonizados. ¿Todos? ¡No! El séptimo, Urano, continúa siendo un misterio para el hombre. ¿Y por qué prefirieron visitar los más lejanos pero Urano no? A saber, porque no lo dicen…
Por eso mismo, la acción de la peli comienza cuando se nos presenta la tripulación del cohete y sus objetivos: llegar a Urano de una  vez y ver qué pasa allí, ya que se ha detectado cierta radiación. Muy bien. Nada más empezar, dos cosas nos llaman la atención: una, no hay mujeres en la tripulación; otra, los amigos astronautas están más salidos que la punta de una lanza y se dedican un ratito a hablar de sus ligues haciendo comparaciones con la biología con frases tipo “…a esa chica sí que le enseñaría yo mi biología” (Ved las caras que tienen en la foto de la derecha, hablando del susodicho tema) Aquí, el espectador comprende otra dos cosas: primera, que la peli no va a ser Shakespeare; segunda, que tiene todas las papeletas para que sea el típico sucedáneo de ralladura mental de los que se hacían en la época (los cincuenta, qué tiempos) De pronto, una voz entra en sus mentes para hablarles. Debe tratarse de un alien listo porque sabe inglés.  Ok, El cohete aterriza y… ¡comienza el despiporre!
Tengo que admitir que no conocía esta película. De hecho, cuando me encontré con ella, me puse a verla más por curiosidad que por otra cosa porque, a pesar de que ya me imaginaba por dónde podrían ir los tiros. Qué le vamos a hacer; la ciencia-ficción de los cincuenta y sesenta es mi debilidad. Por eso es por lo que a veces me trago productos tan intragables como este que hoy nos toca pero da igual: volveré a picar.
Por todo lo que he dicho hasta ahora se puede pensar que el asunto es un despropósito total y absoluto. Bueno, casi todo. Al menos, para este que escribe. Sí debo destacar que el argumento, dentro de lo previsible y típico de la época (¡a saber cuántas películas de viajes espaciales se rodaron en aquellos años!), por lo menos tiene el puntito original de que, cosa rara, no mandaron al cohete a Marte. Supongo que porque ya muchos viajaron al planeta rojo a través de muchas y variadas películas del género. También hay que mencionar que es de las pocas pelis en las que se hace referencia a la gravedad dentro del cohete (en un caso muy puntual, eso sí, con respecto a la manzana que acaba seca en la mano del astronauta) o que el tema de los espejismos en Urano tiene, al menos, buenas intenciones.
Pero, por desgracia, todos sabemos que en el cine, a veces, las buenas intenciones no sirven para mucho si el modo de utilizar todos los ingredientes de los que se disponen no es el más adecuado. Si encima, dichos ingredientes están cogiditos por los pelos, como es el caso que hoy nos toca, corremos el riesgo de que el pastel que salga sea incomible.
Por eso, los peros que se pueden sacar a este viaje directo a Urano pueden llegar a ser muchos. En primer lugar, la historia en sí no es muy original, al menos, la premisa. Y es que eso de viajar a planetas desconocidos lo podemos ver en un montón de películas de la época y, al menos algunas, no dejan de ser originales. Y, como suele ocurrir en las cintas de esta naturaleza, el tono cutre que predomina a lo largo de la misma es más que evidente y, muchas veces, resulta ser el protagonista más que la trama y los personajes en sí. Las miniaturas del cohete (lo poco que salen ya que insertan sin cortarse un pelo imágenes de archivo de un cohete al despegar) cantan que da gusto, lo mismo que los paisajes de Urano (al menos cuando no los imaginan como bosques idílicos). La gravedad, salvo el caso al que anteriormente he hecho mención, brilla por su ausencia en el cohete y los astronautas son tan machotes que salen a la superficie del planeta sin casco ni nada, como debe ser. Tampoco es problema; a juzgar por lo bien que respiran, el oxígeno en Urano es de primera calidad.
Pero el delirio no se queda ahí. De hecho, las ralladuras a las que he hecho mención pueden considerarse como universales dentro de las pelis cutrecillas de ciencia ficción de la época. La cuestión es que luego van mucho más allá, mostrando las propias de este título y que no tienen desperdicio. Veamos…
Ahí está: ni casco, ni trajes ni nada...
Los astronautas, aparte de machotes, son listos como ellos solos. ¿Por qué? Porque se dan cuentan rápido de que en el planeta en cuestión aparecen las cosas que piensan. ¿Qué piensas en un manzano? Pues aparece uno y listos. ¿Qué hacen los colegas? ¿Recogen muestras para analizar? ¿Se ponen a la defensiva porque, después de todo, el arbolito salió de la nada? No. Se comen una de las manzanas. Y es que se puede astronauta, machote y  listo pero el hambre, es el hambre. Sigamos. Se encuentran con una pared invisible detrás de unos arbustos. Así porque sí. ¿Qué se puede hacer? Pues ellos meten un palo a ver qué pasa. Vamos, muy científico.  Y, como cuando lo sacan el palitroque está así, así, no hay problema: uno  de ellos (que se ve que es el más machote) se lanza al abismo misterioso de cabeza. Por tonto, se le congela un brazo. Luego asistimos a una escena idílica en la que el jefe, recuerda su infancia y… como en el planeta se materializa todo lo que uno piensa, aparece la casa,  el molino y los árboles de su niñez. Y es entonces cuando el delirio llega a su cénit ya que, se meten en la casa y… ¿qué hacen los astronautas? Pues, como ya dije al principio, los amigos siguen igual de salidos o más que antes porque se dedican a pensar en mujeres Y SÓLO MUJERES que se materializan en el acto. Vamos, el sueño de cualquier soltero. La lista es de las buenas: Ingrid, Lisa, Greta y Úrsula. Vamos, que el que no imagina, es porque no quiere. Ah, y cuando aparece la primera mujer, Ingrid, el jefe no se anda con chiquitas y manda a su compañero “…a dar una vuelta por la casa…” (Palabras textuales)
Ya que piensas en algo, que sean en mujeres con
poca ropa. Es lo que tiene viajar en el espacio...

¿Es todo? No.
Para empezar, tienen una idea genial: ir al granero (que se ha materializado de la nada) a construir armas  con las herramientas que allí se han materializado también de la nada. Pero… ¿CÓMO VAN A CONSTRUIR ALGO CON HERRAMIENTAS QUE NO EXISTEN? Pues da igual. El jefe se emperra en que la solución al enigma está tras el campo de fuerza misterioso que congeló el brazo de su amigo y que, por cierto, ya está descongelado. Cómo ha llegado a esta solución nadie lo entiende y prefiero no saberlo. Pues dicho y hecho; se meten en el campo de fuerza (esta vez a nadie se le congela nada. Puede que al espectador sí se le congele el cerebro) y se enfrentan a un bicho muy feo de un solo ojo y a arañas gigantescas en un ejemplo de efectos cutres como pocos.  Es entonces cuando sabemos los propósitos del alienígena: ir a la Tierra y conquistarla (¿a que no lo habíais pensado?) No hay problema porque, como dije antes, tiene una gran ventaja: conoce el idioma. Y, al fin, muchas lucecitas, mucho rayo láser bastante cutre y algún que otro astronauta devorado y de regreso a la Tierra. Lo malo, es que si te imaginas una mujer y se hace realidad, esta desaparece al alejarte del extraño mundo que acabas de visitar. Desventajas de regresar a tu planeta…
El bicho.
Y, al fin, fin.
Como dije antes, todo un despiporre argumental que no se corta un pelo en hacer un batiburrillo de todo lo que pilla a su alcance: viajes planetarios, aliens, ondas mentales, monstruos, mujeres… Un espectáculo alucinante que no te dejará indiferente y que, si te lo tomas en serio, puede hacer que creas que el salón de tu casa se pueden materializar Darth Vader, Wonder Woman o la gallina Caponata.
Yo insisto: vigilad del cielo…


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