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domingo, 18 de octubre de 2020

El ladrón de Bagdad


El ladrón de Bagdad
1940

Director: Ludwig Berger, Michael Powell, Alexander Korda.

Guión: Miles Malleson, Lajos Biró.


Sabu.

John Justin.

June Duprez.

Conrad Veidt.

Miles Malleson.

Rex Ingram.


 

El malvado visir Jaffar ha planeado un diabólico plan para acabar con el rey Ahmad…



Esta película no es solo un clásico, sino que es una peli de AVENTURAS.Así, con mayúsculas. Y, además, de las buenas, de esas donde los buenos son muy buenos, los malos malísimos y hay un montón de situaciones peligrosas y fantásticas que tienen que atravesar. Cosa curiosa, para que veáis que el fenómeno remake viene de largo, es una nueva versión de la película muda del mismo nombre protagonizada por Douglas Fairbanks y filmada, ahí es nada, en 1924 (que, por cierto, es otra gozada de ver y espero reseñar en breve)


 


Esta película, para mí, es un cúmulo de puntos a favor; cada uno, más importante y mayor que el anterior.


Para empezar, lo que primero entra por los ojos son dos cosas. Por un lado, el tremendo colorido que va a imperar a lo largo de todo el metraje. Ved el mar tan azul del principio, el color de las velas o el vestuario de cualquiera de los personajes (ese rojo tan vivo e intenso me encanta) Por otro, la espectacular ambientación de la que vamos a ser testigos. Aquí, los decorados, las casas, las calles, los palacios, el vestuario o el atrezo de los personajes es simple y llanamente sublime. Yo, de manera particular, me quedo con cualquier secuencia que ocurre  dentro de cualquier palacio o en alguna terraza de los mismos. Fijaos cómo simulan el cielo mediante decorados degradados. ¿Más ejemplos? Atentos al momento de la llegada de la princesa al palacio de su padre (montada en un elefante enorme), el palacio del propio sultán, lleno de juguetes o, uno de los más espectaculares, por decorado y miniaturas, el de la Diosa de la Luz que tiene el ojo que todo lo ve. Ah, y todo esto, sin utilizar el ordenador. Tremendo.



MIKLOS ROZSA - The Thief of Bagdad [1940] - YouTube

 
 

Esto puede aplicarse también al vestuario, que está cuidado con mimo hasta el más mínimo detalle. Los trajes principescos, ya sea para ellos o para ellas, resultan deliciosos. Incluso Jaffar, cuando no va de negro, luce palmito.


 
 

La película, como dije antes, es pura aventura. Aquí pasan un montón de cosas muy variadas que van desde enfrentarse a los misterios de un palacio de fantasía (en busca del Ojo que todo lo ve), enfrentarse a genios gigantescos o a malos de los de toda la vida (como debe ser), pasando por escapar de cárceles oscuras, volar en alfombras voladoras o salir pitando por robar la miel más dulce y deliciosa de la ciudad. Por supuesto, no hay que olvidar malvados visires que son tan malas personas como buenos brujos, capaces de dejar ciego a un rey o convertir en un chucho a un ladronzuelo. Por eso, si hay algo que me gusta mucho de esta peli es que, nada más empezar, el espectador se ve transportado a la mitad de la acción, es decir, no somos testigos de cómo empiezan las cosas, sino que nos vemos en mitad de todo una vez ya empezado (como sucede, por ejemplo, en La guerra de las galaxias). De ahí que la peli empiece hablando de un ciego al cual se busca y que ha sido hallado o de una princesa a la que le pasa algo. De este modo, es imposible no meterse de lleno en la trama, verte trasportado a esa maravillosa a ventura que estás a punto de vivir de la mano de los diferentes personajes.  Y esto me lleva a lo que es para mí un gran acierto: mucha parte del metraje es un buen flash back que nos cuenta por qué Ahmad está como está y qué pasa con Jaffar. Muy, muy bueno.


En una película de corte tan clásico como esta los personajes no pueden dan lugar a ambigüedades. Por eso, aquí, los buenos son buenos con ganas y los malos malvados con avaricia aunque Jaffar es vulnerable a algo mucho más poderoso que la magia o las riquezas: al amor por la princesa. Ah, y las princesas guapas con locura. Y, claro está, el malo odia al bueno, este a él y, por supuesto, la princesa está bajo un hechizo que la hace dormir y el rey todopoderoso (venido a menos) tiene por compañero de aventuras a un ladronzuelo, Abu, sinvergüenza pero fiel como él solo. Todo al más estilo clásico pero, justo por eso, qué bien queda. Y que no se me olvide, los reyes, ya sean reales o imaginarios (esos que aparecen en mitad del desierto fruto de la imaginación de los niños. ¡Señor, qué bien suena eso!) son ancianetes, de pelo blanco, rechonchos y con joyas hasta las cejas. Unos juegan como niños y otro regalan alfombras voladoras, pero ahí queda…


 La princesa.


 El rey.
 
 
 El ladrón.
 

Pasamos a un aspecto fundamental y que, vista la fecha en que se realizó la peli, puede sorprender a más de uno: los efectos especiales. No te dejes llevar por el lado oscuro de lo tiquismiquis y despreciar la peli por “quedarse antigua”. Aquí efectos hay a patadas y son muy variados: las maquetas y miniaturas de palacios y ciudades son soberbios (repito, me quedo con el palacio del Ojo que todo lo ve y la espectacular figura por la que escala Abu), los caballos voladores está muy bien hechos, lo mismo que la aparición del genio gigantesco que no deja de reír o cuando queda confinado en su botella. El efecto de las alfombras voladoras me parece muy conseguido y, cómo no, hay sus toques monstruosos en forma de arañas gigantescas, con sus telas kilométricas o pulpos enormes (digo yo que es un pulpo) esperando en el fondo de un foso. Cosa curiosa, si bien es verdad que todo esto me encanta, yo me quedo con uno mucho más “sencillo” que todo esto: el juguete asesino en forma de mujer azul de muchos brazos que Jaffar regala al sultán. Está claro que hay muchas mujeres ahí pero… ¡qué bien hecho está! ¿Algunos se notan? Sí, como el pie enorme del genio tratando de aplastar a Abu o el efecto volador del mismo. ¿Y qué? ¿No canta la infografía hoy día que da gusto? Os dejo unas cuantas muestras porque hay cosas que hay que ver para creer:

 

 




No puedo pasar por alto algo fundamental en esta cinta: la banda sonora tan espectacular que el maestro Miklos Rozsa hizo para ella. Hay, desde momentos trepidantes hasta románticos como ellos solos y, como solía suceder con las obras de Rozsa (ahí tenéis Ben-Hur, Quo Vadis? o Rey de Reyes), todas ellas tarareables y hasta se atreve con canciones. Impresionante.


Paso a los actores. Para mí, todos muy bien y están metidos en sus papeles hasta el turbante o la corona, según de quién hablemos. Empiezo con John Justin como Ahmad, que me resulta muy bien, ya sea de rey incomprendido o de vagabundo en busca de su trono perdido. Quizás siempre me ha parecido un poco esquelético pero lo digo como mera curiosidad ya que, por suerte, en aquella época no era como ahora, que todos parecen pasados por el gimnasio y entrenan a lo bestia para una escena de minuto y medio donde se ven bíceps y tríceps. Ah y, no sé por qué, este hombre siempre me ha recordado un poco a  George Harrison, el de los Beatles (grillada particular mía) Con todo, buen Ahmad. Lo mismo puedo decir de June Duprez, la princesa morenaza que borda el cliché de toda princesa de cuento: guapa, frágil y, a la vez, valiente. Y paso a mis dos favoritos. El primero, claro está, Conrad Veidt como el malvado, rastrero, mentiroso y traicionero visir Jaffar. Veidt (por si no lo sabes, sale en Casablanca y es el protagonista de esa joyas mudas El gabinete del doctor Caligari o El hombre que ríe) nos da una lección magistral de cómo tiene que ser un malo a la antigua usanza. Sus gestos, su porte, sus vestiduras (casi siempre de negro) y esa mirada malvada en contraste con los ojos claros (¿azules?) del actor ofrecen una interpretación inolvidable de un personaje que puede matar a un rey por medio de un juguete, dejar ciego a otro o convertir a alguien en perro, pero ser un cachorrito dócil y obediente por poder abrazar a la bella princesa y obtener su amor. Todo hará que, desde luego, recuerdes muchas cosas de la peli pero él, seguro, será una de ellas. Y mi segundo favorito, Sabu en el papel de Abu, que brinda el “mozalbete” (como dicen en la peli) y vagabundo ideal como compañero del héroe y que, sin duda, ostenta el papel de protagonista de manera más que digna. Sabu es el héroe perfecto que cumple el ideal de siempre: empezar siendo una cosa y acabar con otra, aunque, bien mirado, al final, el muchacho haga pellas del destino que le aguarda en palacio. ¿Hay más aparte de estos cinco? Sí, claro. Me encanta Rex Ingram como genio de mirada malvada y risa de loco y, cómo no, Miles Malleson como el sultán anciano con mentalidad y gustos de niño (está muy maquillado pero te puedo decir que sale en Drácula como responsable de la morgue) y que, dicho sea de paso, firma el guión. 


 
 

¿Aspectos mejorables? Yo señalaría un par de cositas que, quizás, entren más dentro de la categoría de la curiosidad que otra cosa. Por ejemplo, creo que, para ser un vagabundillo, Abu usa, a veces, un lenguaje demasiado rebuscado y petulante (os dejo el video). A veces, la música me resulta que está demasiado alta con respecto a los diálogos, al menos, en la copia que yo tengo (y la tengo en el viejo VHS) y en DVD pero, lo admito, no sé si esto es así o por el tipo de mezcla que hicieron en su momento al doblarla. Ah, y, sí, en las escenas finales, se nota que cortaron el pelo a Sabu y contrasta con otras que tiene el pelo más largo. Esto no lo considero fallo porque, si habéis visto El ejército de las tinieblas, ocurre lo mismo con Bruce Campbell (y esta peli es de muuuchos años después)

 


Pero, sin duda, el gran PERO de esta peli es algo que, en realidad, no es de ella, al menos no originalmente. Me refiero, cómo no, a una cosita que, cuando la veas, te va a llamar mucho la atención y es el motivo de que en muchos foros, blogs y discusiones acerca de la misma muchos (a veces, con razón) pongan el grito en el cielo: el doblaje. Pero no el todo el doblaje de la cinta que, para mí, es soberbio. Me refiero al de un personaje en concreto: el de Abu (seguro que has lo has notado si has dado al play en el vídeo anterior). Y esto es así porque al actor le dobló una mujer y, para que no se notase, la actriz de doblaje digamos que lo hizo hablando unas veinte octavas por debajo de su tono y timbre habituales. Esto hizo que, en determinados momentos, se note que es una voz femenina y, en otros, resulte muy forzada tratando de parecer fuerte. Debo admitir que, cuando lo escuché por primera vez pensé “¿Qué es esto?” pero, a fuerza de verla (y ya van muchas veces y las que quedan) tengo que reconocer que me he acostumbrado y me gusta, de forma que lo veo como una de las señas de identidad de la peli. Quizás al principio te choque un poco pero, de veras, creo que la actriz hizo un buen trabajo. Por cierto, fue Vicky Udaeta. He investigado acerca de esta mujer y se ve que se especializó en doblar a hombres, ya que también fue la voz de Mickey Rooney en varias pelis y, de nuevo, de Sabu en El libro de la selva.


Pues hasta aquí puedo escribir. Esta peli hay que verla. Puro espectáculo, diversión de la buena y de la de siempre, una de esas cintas irrepetibles que te hacen volver a ser un crío y creer que, de verdad, el cine es pura magia porque, por encima de todo, es una excelente película donde todo cuadra a la perfección. Claro está, tuvo una nueva versión en 1961 con el cachas de Steve Reeves partiendo cabezas.


No sé vosotros, pero servidor reza para que a ningún avispado de Hollywood se le ocurra la feliz idea de hacer un remake.







Vigilad el cielo. 
 

domingo, 13 de enero de 2013

La maldición de Frankenstein


La maldición de Frankenstein
La maldición de Frankenstein (The curse of Frankenstein)
(1957)
Director: Terence Fisher
Guión   : Jimmy Sangster

Peter Cushing
Christopher Lee
Hazel Court
Robert Urquhart 




A las puertas de su ejecución, el barón Frankenstein relata su turbia historia a un sacerdote… 

Vamos allá con una joyita salida de aquel bazar de sorpresas que fue la Hammer y que tantos buenos ratos brindó (y brinda) a los aficionados al género de terror gótico y fantástico en general.
La maldición de Frankenstein es una adaptación muy libre de la famosa novela escrita por Mary Shelley y que allá por 1932 tuvo su máxima eclosión en forma de película de la Universal con el rostro de Boris Karloff. No obstante, a pesar de que el atractivo del monstruo (así como otros tales como Drácula, la momia o el hombre-lobo) duró unos años, es cierto que la magia y, sobre todo, la seriedad del mismo, se diluyó a lo largo de los años cuarenta y parte de los cincuenta haciéndole participar en comedias con Abbot y Costello al frente o mezclándolo con otros personajes de la misma línea. Fue la productora inglesa Hammer la que se encargó de resucitar y revisitar todos estos iconos del terror desde otra perspectiva pero conservando la esencia del original.

La maldición de FrankensteinLa película que hoy nos toca va a ir directa al grano, sin concesiones ni largas introducciones. Nada más empezar, oímos las campanas tristes sonar al fondo mientras un sacerdote se dispone a visitar una prisión, un modo estupendo de meter al espectador en faena. Ahí conocemos al barón Frankenstein esperando en una celda para ser ejecutado (“…En una hora estaré muerto…”) y ya se nos deja clara otra cosa: si esperas ver un remake de la versión del treinta y dos vas a llevarte una sorpresa (pero de las buenas) porque, como dije antes, esta es una versión muy libre de la novela y que no va a esclavizarse a la película en blanco y negro de la Universal. A partir de aquí, acudimos a un flash-back en el que va a tomar forma el cuerpo de la película y asistiremos a la truculenta historia del barón.

La película, para mí, es un cúmulo de puntos a favor, uno tras otro, que hacen de ella un espectáculo desde que empieza hasta que termina. Veamos…

La maldición de FrankensteinComencemos por la ambientación de época. Si hay algo que destaque de la cinta (además de otras muchas cosas, claro) es lo cuidada que está y cuyo protagonismo es evidente a lo largo de todo el metraje. Los trajes, vestidos, mobiliario y atmósfera en general están muy bien y recrean el momento en el que la historia está situada, mostrando algo que será la marca de fábrica de la Hammer y que hará que se la recuerde como unos de los mejores ejemplos de terror gótico que se han hecho nunca. Cosa curiosa: si nos fijamos, gran parte de la peli sucede en interiores, bien sean en forma de laboratorios, cárceles o de salones de la mansión del barón pero, salvo escenas contadas (el robo del cuerpo del ladrón muerto, la persecución del monstruo y poco más), todo sucede de puertas para dentro. Y, lo que es mejor, ni se nota ni es un inconveniente. Es lo que tiene tener un guión que te atrapa desde que empieza hasta que termina.

La maldición de FrankensteinOtra cosa que sí me gustaría señalar es la sutileza del cine en aquellos tiempos y que se puede apreciar con claridad en esta cinta. Veamos, si hoy se hiciera una versión del mito de Frankenstein (y se han hecho, claro. Recordad la de Kenneth Brannag no hace mucho) sería una excusa perfecta para dar rienda suelta a la casquería más variada y truculenta. No obstante, observad cómo en esta maldición que hoy nos toca todo, o casi todo, se sugiere de forma tan magistral que hace que no apartes los ojos de la pantalla. ¿Ejemplos? Varios: no vemos al ladrón ahorcado, pero sí su silueta recortada sobre el cielo nocturno; a través de diálogos, se nos dice qué va a hacer el buen barón (quitarle la cabeza, porque no le sirve) y le vemos trabajar, pero no asistimos a la carnicería. Entrevemos cerebros en tarros de cristal y sí, algún que otro ojo o manos cortadas pero, por encima de todo, se sugiere sin necesidad de mostrar. Y si la criatura se encuentra con un pobre ciego, es obvio que suponemos lo que va a suceder, pero, ¿para qué verlo? ¿No es ese un modo de mantener el interés del espectador? Pues eso…

La maldición de FrankensteinLos personajes (que no hay muchos, por cierto), están perfectamente definidos y muy bien llevados por los actores que los interpretan. Robert Urquhart como Paul Krempe está muy bien, siendo la típica voz de la razón, la moralidad y el perfecto paradigma de la buena persona: sabe cuándo frenar y cuándo decir basta. Todo lo contrario que su pupilo. Hazel Court es Elisabeth, la sufrida prometida del barón y toque femenino al canto. Y los dos mejores para el final: Christopher Lee nos regala una estupenda criatura, a camino entre malvada y desamparada, de andares inseguros (fijaos en la escena de la segunda intervención, cuando Cushing le medio afeita la cabeza y está tirado en el suelo cual piltrafa “humana”) en cuyo rostro puede apreciarse cierto gesto de pena  (salvo cuando le sale la vena asesina, claro) Y el mejor para el final: el gran Peter Cushing. Aquí el amigo se mueve como pez en el agua, bordando un personaje tan siniestro, inteligente y mujeriego como malvado y horroroso pero que mantiene a la perfección el protagonismo de la cinta. Cada palabra, cada gesto, cada acto que realiza lo define como lo que es: el gran villano de la peli. En el barón no hay lugar para remordimientos ni sentimientos de culpa (algo patente en la versión de 1932), cosa que Cushing refleja a la perfección.
 
La maldición de Frankenstein
 

¿Y el monstruo qué tal? Seamos sinceros: decir Frankenstein es invocar la imagen de Boris Karloff. Eso ha sido, es y será así. No obstante, hay que señalar que, mientras en la cinta de Whale el protagonista absoluto era el monstruo, aquí no ocurre lo mismo ya que quien se lleva casi toda la importancia es el barón. Por supuesto que la criatura interpretada por Lee tiene importancia, claro, pero no tanta como el personaje de Cushing. De hecho, si prestamos atención, los minutos en pantalla de la creación no son muchos y tampoco es que tenga tantos momentos de lucimiento (de hecho sus crímenes no salen y hay que admitir algunos son inducidos por el propio barón, como el caso de Justine y su hijo) porque es más un factor secundario que otra cosa. Por suerte, fueron lo suficientemente listos como para no dejarse arrastrar por la imagen de Karloff y el maquillaje de Pierce en el treinta y dos y aquí nos ofrecieron un monstruo que tira más a una imagen de cuerpo en descomposición (buen maquillaje el del rostro) que a alguien hecho a base de recortes y trozos de otras personas. Como nota personal, debo decir que Lee, con su estatura, abrigo negro y físico espigado incluso me ha recordado en ciertos momentos a una extraña mezcla entre el Nosferatu de Murnau y el protagonista de El gabinete del doctor Caligari.
 


La maldición de Frankenstein
 
¿Golpes de efecto? Varios. Destaco, sin duda, el momento en el que vemos a la criatura por primera vez y se quita la máscara (¿hay cierto efecto de cámara rápida ahí?), el final de la misma en el tanque de ácido que aporta el secretismo absoluto de lo que ha ocurrido o, uno que me encanta y era muy propio de la Hammer: terminar la película con los títulos de crédito mientras la acción sigue. En este caso, se trata de la preparación de la guillotina mientras Frankenstein es llevado a su destino final.
 
La maldición de Frankenstein
 
Como puede deducirse de todo lo que he escrito, me encanta esta peli. Toda una joyita del género, un notable ejemplo de buen hacer con un buen guión, una dirección más que destacable y unos actores metidos hasta las cejas en sus papeles. Todo ello tenía que dar un buen producto sí o sí y eso fue justo lo que ocurrió. Por supuesto, os recomiendo verla; merecen la pena todos y cada uno de los casi noventa que dura.

Como curiosidades, comentaros que…

…El éxito de las diabluras del barón dio como resultado un resurgir del género de terror de corte gótico utilizando personajes clásicos y el director, Terence Fisher tuvo mucho que ver en esto, ya que participó en la revisión de Drácula o el Hombre lobo.

…Al año siguiente, en 1958, Fisher escogió a Lee y Cushing para otra joya de muchos quilates: Drácula (Horror of Dracula), dando lugar a otra leyenda.

…Lee y Cushing cimentaron su amistad con esta peli. La comenzaron del modo menos terrorífico: apostando cuál de los dos imitaba mejor a los personajes de Loony Tunes, es decir, Bugs Bunny y compañía. Lo dicho, menos terrorífico imposible.

…Las barbaridades del barón Frankenstein gustaron, y mucho. De hecho, dieron lugar a una saga protagonizada por Cushing pero espaciada en el tiempo, a saber: El castigo de Frankenstein (1964), Frankenstein creó a la mujer (1967), El cerebro de Frankenstein (1969) y Frankenstein y el monstruo del infierno (1974)

¡Seguid vigilando el cielo y gracias por leerme!
 
La maldición de Frankenstein
 

domingo, 9 de diciembre de 2012

El fantasma de la ópera







El fantasma de la ópera (The phantom of the opera)
(1925)
Director: Rupert  Julian.
Guión : Walter Anthony, Elliott J. Clawson, Bernard McConville, Frank M. McCormack.

Lon Chaney.
Mary Philbin.
Norman Kerry.
Arthur Edmund Carewe.


En la ópera de París, una sombra ronda por los subterráneos: el fantasma de la ópera. Christine Daae, una cantante, es su pupila…


 ¿Quién no ha oído hablar de esta historia? El monstruo que, oculto en la ópera de parís, bebe los vientos por una cantante a la que retiene contra su voluntad.


Pues, si bien es cierto que la novela fue escrita por el famoso Gaston Leroux también lo es que si el planeta entero conoce esta historia es gracias a la peli muda que hoy nos toca. Y es curioso porque, si bien dicha novela ha conocido muchas adaptaciones, esta, quizás, es la más famosa de todas y, de algún modo, la más atemporal. No obstante, y a pesar de que data de 1925 (ahí es nada), según parece hay otra versión de 1916 que, por desgracia, está perdida. Una pena…
Pues bien, metiéndonos ya en faena, sólo puedo decir que…
A favor debo destacar varias cosas. Cada una, claro está según la importancia que merece.
Para empezar, lo que primero entra por los ojos en los minutos iniciales, es la buena ambientación de época referente a toda la Ópera de París, tanto en su parte visible (escenario, público, palcos) como en la que no se ve y, claro está, es la más destacable en la cinta, es decir, los entresijos de la propia ópera. Por eso, vemos tramoyistas, trabajadores y bailarinas ir y venir por pasillos y escaleras internos del edificio. Y sí, también vemos cierta sombra que, enfundada en una capa y un sombrero, asusta a todo el que se pone por delante. No obstante, y es en estos momentos iniciales, cuando el carácter fantasmagórico del ambiente que rodea dicho lugar se va a ver roto (en muy poquita medida, claro) por cierto sentido del humor más o menos de la época con ese trabajador que ve la sombra del fantasma y no le cree nadie. Curioso este dato ya que ni por asomo se da en el libro (muy serio, muy formal) Supongo, digo yo, que es algo fruto de la época.
La película va directa al grano y nos presenta a los personajes principales sin muchos rodeos. Así, conocemos a los nuevos (y pardillos) directores de la ópera y, por supuesto, a Christine y su enamorado Raoul. Y lo de “sin muchos rodeos” no es un modo de hablar, ya que, en la novela, el autor se toma mucho más tiempo en decirnos quién es quién, de dónde viene o a dónde va. Cosas de la adaptación cinematográfica, supongo.
Otro aspecto a destacar es que, si bien esta versión se salta cosas y cambia otras muchas, resulta curioso como los pequeños detallitos, esos que conoces si te has leído el libro, están ahí. Por eso, vemos que el fantasma tiene un caballo que ha robado, los subniveles de la ópera, el lago o el hogar del fantasma, con espejo trampa incluida. Son cosas que están ahí pero, desde luego, muy fieles a la historia original.
Y llegamos al gran momento. Quizás, el más famoso de toda la cinta; ese que todo el mundo recuerda y que, casi de seguro, todos hemos visto aunque no hayamos dado un visionado a la peli entera. Me refiero, cómo no, al la secuencia en la que Christine, encerrada en las dependencias de Erik el Fantasma, se aproxima a este mientras toca en su órgano y le quita la máscara. Ahí, por primera vez, vemos la verdadera cara del misterioso personaje. Y es aquí donde uno se queda con la boca abierta cuando ve el maquillaje que el propio Chaney ideó para sí mismo y representar al Fantasma. Su rostro es completamente cadavérico (como se indica en el libro): poco pelo, ojos hundidos rodeados por un cerco negro, con apenas nariz y una boca de pesadilla. Chaney se lució por los cuatro costados creando un ser absolutamente repulsivo pero, a la vez, muy expresivo, tremendamente sugerente y, desde luego, un icono dentro del cine de terror. Debo decir que este fantasma, junto con el espectacular Nosferatu de Max Schreck, para mí son los personajes de terror más representativos del género en la primera mitad del siglo XX. Además, se las apañaron para iluminarle de forma que los ojos quedaran en sombra y su potenciase el movimiento de su boca cadavérica y enorme que hace que, cuando sonríe, sea aún peor. Si a eso le añadimos el gesto de pena y dolor que tiene en algunos momentos y el contraste con ese rostro de pesadilla, el resultado es espectacular. Aquí os dejo la famosa secuencia:




Pero el desenvolvimiento de Chaney no sólo se puede aplicar a su famosa cara. Por eso, me gustaría destacar que, cuando lleva esa máscara que le cubre todo el rostro acompañada de unos ojos totalmente fríos e impersonales, el actor es capaz de desarrollar un lenguaje corporal muy estudiado que quedan muy bien en pantalla, haciendo que hay un extraño contraste entre ese rostro tan frío con la naturalidad de los movimientos.

La película tiene otro momento bastante significativo que, junto con el anterior de la máscara, compite en fama en esta cinta. Y es un momento verdaderamente especial porque… ¡está rodado en color! En el technicolor de la época claro. El resultado a simple vista puede ser algo rudimentario pero sirve para resaltar un personaje en concreto. Nada menos que Chaney disfrazado de La Muerte Roja. El atuendo es espectacular, siniestramente bello y, a la vez, elegante. El amigo fantasma lleva un traje de época, adornado con un gran sombrero con plumas (todo rojo, claro) y una calavera por rostro cuyo terror se expresa aún más a través de unos ojos humanos. Los movimientos de Chaney ponen la guinda perfecta para, repito, para mí, el segundo gran momento de la película. Y fijaos como, al entrar en escena, todos le hacen un pasillo. Tremendo.
Seguimos. La película avanza en su trama. En breve, se produce otro momento que me encanta: el fantasma, aún con el disfraz de la Muerte Roja, vigila a los dos enamorados, Raoul y Christine. Los ve desde las alturas, colgado de una estatua, con su capa ondeando al viento y no lleva máscara pero fijaos en su expresión: está roto de dolor y esa cara de pena, como dije antes, puede llegar a ser más terrorífica (y patética) que de enfado.
Debo destacar que, en general, la trama de la película es bastante fiel y tuvieron el buen sentido de cuidar esos detalles pequeñitos a los que me refería antes que harán que, quienes han leído esta novela, sabrán reconocer. Eso sí, también es cierto que se salta muchas otras que, en la novela, ocupan un montón de páginas: la escena del cementerio en la que Raoul espía a Christine, el Persa, los momentos de los nuevos directores de la época, la acomodadora anciana… Bueno, supongo que, por el tema de la adaptación, se permitieron unas cuantas licencias…
Los actores, en mi opinión, hacen un buen trabajo pero, seamos sinceros, aquí la estrella absoluta, la supernova es Lon Chaney. Ya aparezca como una sombra en la pared, como enmascarado o como ser tremendamente feo, eclipsa a todos los demás porque, las cosas claras, esta es una cinta para gloria de Chaney. Mary Philbin como Christine me parece bien pero también es cierto que se luce poco. No obstante, me gusta el cambio que se ejerce en su rostro antes y después de ver la cara del fantasma (sobre esto, comentaré luego una anécdota) Norman Kerry como Raoul se luce menos aún que Philbin. Una pena ya que, en la novela, es un personaje muy activo. Aquí luce gomina, bigote y gesto aristocrático. Arthur Edmund Carewe como Ledoux resulta tan siniestro como el propio fantasma. Mirad la  mirada que echa a las bailarinas en su primera escena: los ojos casi se le salen.




¿Cosas mejorables? Sí señalaría alguna…
Algunas escenas me parecen  muy largas y, si me apuráis, puro lucimiento. Me refiero, por ejemplo, a las iniciales en la ópera con el personal bailando, a la de Carlota cantando o el propio final. Christine Y Raoul aparecen ya perdidamente enamorados desde el principio con lo cual, la profundidad de  los personajes desaparece un poquito. ¿Es todo? No. La película se centra mucho en el carácter fantasmagórico de Erik (léase el fantasma) ignorando lo bueno que tiene el libro con respecto a él: que es alguien muy feo, muy inteligente, con conocimientos de arquitectura y música (amén de retorcido) En la peli, en cambio, tiran hacia un personaje enigmático y sobre natural, definiéndole como maestro de las artes oscuras. Y sí hay que destacar que el Persa, personaje clave en el libro por su relación con Erik, que sirve para explicar mucho acerca de los orígenes del fantasma, aquí es sustituido por Ledoux, haciendo de detective infiltrado de la policía. Creo que así acortaron mucha de la narración del libro saltándose aspectos que hubieran enriquecido bastante ambos personajes.
¿Y qué me decís del final? Ese sí que está completamente cambiado. Entiendo que fue así por los cambios que implica la adaptación propiamente dicha. En el libro, es mucho más reposado: el fantasma acepta su derrota amorosa y se despide dando a entender que su vida será corta. El esqueleto de su cuerpo aparece tiempo después, se supone, fruto del suicidio. En la película sustituyeron eso por acción pura y dura: una masa enfurecida de trabajadores de la ópera (y digo yo que otras personas) le persigue por todo París hasta que le acorralan en el río y acaban con él. Como puede verse, mucho más dinámico. Ah, y me, con todo, me encanta ese momento final en el que Erik hace creer que tiene un arma y se burla de sus perseguidores.
Hasta aquí hemos llegado. ¿Recomiendo verla? Ni dudarlo. A los que creen que, por ser muda y, por eso, algo pasado y caduco, sugiero que os lo replanteéis. Aquí hay cine puro y duro. Para este vigilante del cielo, con diferencia, la mejor adaptación que se ha hecho de la historia del hombre más feo de París. Eso, aparte, del lujazo de ver a Lon Chaney en su máximo esplendor.
Os deja algunas curiosidades fantasmales:
-La película tuvo un total de seis directores. ¿La razón? Nadie quedada satisfecho con el montaje final y, cada vez que se hacía un pase de prueba (y se hicieron muchos), era un fracaso. Al fin, después de mucho cambiar, retocar y discutir, se convirtió en un éxito.
-Uno de los directores fue el propio Chaney. La famosa secuencia en la que Christine le desenmascara es obra suya.
-El director Rupert Julian se llevaba mal con todo el mundo. Según parece, el actor que interpretaba a Raoul incluso le atropelló con su caballo. A posta, claro.
-La película fue considerada como el colmo del terror. De hecho, hasta hubo desmayos.
-Fijaos en la secuencia en al que vemos el rostro del fantasma por primera vez. La cámara se nubla. ¿Fue un fallo o un modo de acrecentar la sensación de pánico?
-Mary Philbin (Christine) no vio el rostro de Chaney hasta que le quitó la máscara en pleno rodaje. La pobre mujer estaba horrorizada de verdad, así que lo que vemos en pantalla no es actuación, es miedo de verdad.
-El gran misterio: ¿quién es el tipo que sale en la escena inicial? Mira al público, se dirige a él y suelta lo que se supone es una buena charla (la escena es muy larga) Ni un texto acclaratorio. ¿Por qué? Se supone que habla del fantasma pero nadie recuerda quién es ni si sale en alguna escena después. Además, si prestáis atención, está agazapada en la parte izquierda de la pantalla y una lámpara se ilumina de manera parcial la cara.
Resultado de imagen de the phantom of the opera 1925-Chaney, como siempre, se encargó él solito del maquillaje. Hizo de todo: se pintó los ojos, pegó sus orejas a la cabeza, se estiró la nariz  con pequeñas tiras, una mandíbula espeluznante y enorme, se llenó las mejillas de algodón.

-Dicen que las tiras de la nariz se ven.
-Cierto día, para probar el maquillaje, Chaney llamó al director de fotografía Charles Van Enger. Le recibió de espaldas y, repito, maquillado, se volvió de golpe. A Enger casi le da un patatús. Chaney, en cambio, se partía de la risa.
-El éxito fue tal que, más tarde, se rodaron ciertas partes (menos, por contrato, las de Chaney) sonorizadas. Si aún existen, nadie lo dice. Y, si alguien las tiene, se lo ha callado.
-Hay quien cree que esa versión sonora está en alguna lata perdida del estudio.
-La góndola del lago es la misma que la de El crepúsculo de los dioses.
-Atención a los créditos iniciales: hay actores, director… pero ni un guionista.
Vigilad el cielo. 
 Resultado de imagen de the phantom of the opera 1925


miércoles, 1 de agosto de 2012

Viaje al séptimo planeta

Viaje al séptimo planeta (Journey to the seventh planet)
(1962)
Director: Sidney W. Pink
Guión   : Sidney W. Pink, Ib Melchior

John Agar
Carl Ottosen
Peter Monch
Ove SprogøeLouis Miehe-Renard 






Un cohete viaja a Urano, un planeta lleno de desagradables sorpresas… 
Empecemos con el trailer:



¡Y qué viaje, amigos! ¡Menudo delirio! Creí que nunca se acabaría. Es lo que tiene largarte al séptimo de los planetas del sistema solar cuando podrías escoger irte a otro más soleado y, sobre todo, no tan complicado. En fin, será mejor apretar el freno y no empezar por el final.
La acción de la película se sitúa en el “lejano” 2001. En esta época, el ser humano ha alcanzado la utopía total: no hay guerras, sí avances y la ciencia se ha desarrollado una barbaridad. Tanto, que los planetas ya están visitados y colonizados. ¿Todos? ¡No! El séptimo, Urano, continúa siendo un misterio para el hombre. ¿Y por qué prefirieron visitar los más lejanos pero Urano no? A saber, porque no lo dicen…
Por eso mismo, la acción de la peli comienza cuando se nos presenta la tripulación del cohete y sus objetivos: llegar a Urano de una  vez y ver qué pasa allí, ya que se ha detectado cierta radiación. Muy bien. Nada más empezar, dos cosas nos llaman la atención: una, no hay mujeres en la tripulación; otra, los amigos astronautas están más salidos que la punta de una lanza y se dedican un ratito a hablar de sus ligues haciendo comparaciones con la biología con frases tipo “…a esa chica sí que le enseñaría yo mi biología” (Ved las caras que tienen en la foto de la derecha, hablando del susodicho tema) Aquí, el espectador comprende otra dos cosas: primera, que la peli no va a ser Shakespeare; segunda, que tiene todas las papeletas para que sea el típico sucedáneo de ralladura mental de los que se hacían en la época (los cincuenta, qué tiempos) De pronto, una voz entra en sus mentes para hablarles. Debe tratarse de un alien listo porque sabe inglés.  Ok, El cohete aterriza y… ¡comienza el despiporre!
Tengo que admitir que no conocía esta película. De hecho, cuando me encontré con ella, me puse a verla más por curiosidad que por otra cosa porque, a pesar de que ya me imaginaba por dónde podrían ir los tiros. Qué le vamos a hacer; la ciencia-ficción de los cincuenta y sesenta es mi debilidad. Por eso es por lo que a veces me trago productos tan intragables como este que hoy nos toca pero da igual: volveré a picar.
Por todo lo que he dicho hasta ahora se puede pensar que el asunto es un despropósito total y absoluto. Bueno, casi todo. Al menos, para este que escribe. Sí debo destacar que el argumento, dentro de lo previsible y típico de la época (¡a saber cuántas películas de viajes espaciales se rodaron en aquellos años!), por lo menos tiene el puntito original de que, cosa rara, no mandaron al cohete a Marte. Supongo que porque ya muchos viajaron al planeta rojo a través de muchas y variadas películas del género. También hay que mencionar que es de las pocas pelis en las que se hace referencia a la gravedad dentro del cohete (en un caso muy puntual, eso sí, con respecto a la manzana que acaba seca en la mano del astronauta) o que el tema de los espejismos en Urano tiene, al menos, buenas intenciones.
Pero, por desgracia, todos sabemos que en el cine, a veces, las buenas intenciones no sirven para mucho si el modo de utilizar todos los ingredientes de los que se disponen no es el más adecuado. Si encima, dichos ingredientes están cogiditos por los pelos, como es el caso que hoy nos toca, corremos el riesgo de que el pastel que salga sea incomible.
Por eso, los peros que se pueden sacar a este viaje directo a Urano pueden llegar a ser muchos. En primer lugar, la historia en sí no es muy original, al menos, la premisa. Y es que eso de viajar a planetas desconocidos lo podemos ver en un montón de películas de la época y, al menos algunas, no dejan de ser originales. Y, como suele ocurrir en las cintas de esta naturaleza, el tono cutre que predomina a lo largo de la misma es más que evidente y, muchas veces, resulta ser el protagonista más que la trama y los personajes en sí. Las miniaturas del cohete (lo poco que salen ya que insertan sin cortarse un pelo imágenes de archivo de un cohete al despegar) cantan que da gusto, lo mismo que los paisajes de Urano (al menos cuando no los imaginan como bosques idílicos). La gravedad, salvo el caso al que anteriormente he hecho mención, brilla por su ausencia en el cohete y los astronautas son tan machotes que salen a la superficie del planeta sin casco ni nada, como debe ser. Tampoco es problema; a juzgar por lo bien que respiran, el oxígeno en Urano es de primera calidad.
Pero el delirio no se queda ahí. De hecho, las ralladuras a las que he hecho mención pueden considerarse como universales dentro de las pelis cutrecillas de ciencia ficción de la época. La cuestión es que luego van mucho más allá, mostrando las propias de este título y que no tienen desperdicio. Veamos…
Ahí está: ni casco, ni trajes ni nada...
Los astronautas, aparte de machotes, son listos como ellos solos. ¿Por qué? Porque se dan cuentan rápido de que en el planeta en cuestión aparecen las cosas que piensan. ¿Qué piensas en un manzano? Pues aparece uno y listos. ¿Qué hacen los colegas? ¿Recogen muestras para analizar? ¿Se ponen a la defensiva porque, después de todo, el arbolito salió de la nada? No. Se comen una de las manzanas. Y es que se puede astronauta, machote y  listo pero el hambre, es el hambre. Sigamos. Se encuentran con una pared invisible detrás de unos arbustos. Así porque sí. ¿Qué se puede hacer? Pues ellos meten un palo a ver qué pasa. Vamos, muy científico.  Y, como cuando lo sacan el palitroque está así, así, no hay problema: uno  de ellos (que se ve que es el más machote) se lanza al abismo misterioso de cabeza. Por tonto, se le congela un brazo. Luego asistimos a una escena idílica en la que el jefe, recuerda su infancia y… como en el planeta se materializa todo lo que uno piensa, aparece la casa,  el molino y los árboles de su niñez. Y es entonces cuando el delirio llega a su cénit ya que, se meten en la casa y… ¿qué hacen los astronautas? Pues, como ya dije al principio, los amigos siguen igual de salidos o más que antes porque se dedican a pensar en mujeres Y SÓLO MUJERES que se materializan en el acto. Vamos, el sueño de cualquier soltero. La lista es de las buenas: Ingrid, Lisa, Greta y Úrsula. Vamos, que el que no imagina, es porque no quiere. Ah, y cuando aparece la primera mujer, Ingrid, el jefe no se anda con chiquitas y manda a su compañero “…a dar una vuelta por la casa…” (Palabras textuales)
Ya que piensas en algo, que sean en mujeres con
poca ropa. Es lo que tiene viajar en el espacio...

¿Es todo? No.
Para empezar, tienen una idea genial: ir al granero (que se ha materializado de la nada) a construir armas  con las herramientas que allí se han materializado también de la nada. Pero… ¿CÓMO VAN A CONSTRUIR ALGO CON HERRAMIENTAS QUE NO EXISTEN? Pues da igual. El jefe se emperra en que la solución al enigma está tras el campo de fuerza misterioso que congeló el brazo de su amigo y que, por cierto, ya está descongelado. Cómo ha llegado a esta solución nadie lo entiende y prefiero no saberlo. Pues dicho y hecho; se meten en el campo de fuerza (esta vez a nadie se le congela nada. Puede que al espectador sí se le congele el cerebro) y se enfrentan a un bicho muy feo de un solo ojo y a arañas gigantescas en un ejemplo de efectos cutres como pocos.  Es entonces cuando sabemos los propósitos del alienígena: ir a la Tierra y conquistarla (¿a que no lo habíais pensado?) No hay problema porque, como dije antes, tiene una gran ventaja: conoce el idioma. Y, al fin, muchas lucecitas, mucho rayo láser bastante cutre y algún que otro astronauta devorado y de regreso a la Tierra. Lo malo, es que si te imaginas una mujer y se hace realidad, esta desaparece al alejarte del extraño mundo que acabas de visitar. Desventajas de regresar a tu planeta…
El bicho.
Y, al fin, fin.
Como dije antes, todo un despiporre argumental que no se corta un pelo en hacer un batiburrillo de todo lo que pilla a su alcance: viajes planetarios, aliens, ondas mentales, monstruos, mujeres… Un espectáculo alucinante que no te dejará indiferente y que, si te lo tomas en serio, puede hacer que creas que el salón de tu casa se pueden materializar Darth Vader, Wonder Woman o la gallina Caponata.
Yo insisto: vigilad del cielo…