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sábado, 19 de octubre de 2019

Doctor Terror y la casa de los horrores


Doctor terror y la casa de los horrores. 
(Doctor Terror’s house of horrors)
(1965)
Director: Freddie Francis.
Guión : Milton Subotsky.

Peter Cushing.
Christopher Lee.
Donald Sutherland.
Michael Gough.
Neil McCallum.
Alan Freeman.
Roy Castle.


Cinco personajes coinciden en un vagón de tren. Se les suma un sexto, un misterioso doctor que lee las cartas tarot…


Vamos allá con un subgénero dentro del cine de terror que, por desgracia, hace mucho que no se da y parece relegado al olvido: el de contar historias cortas y macabras que tienen algún nexo en forma de personaje o situación más macabra aún. Y es que, antes de que cintas como Creepshow o alguna que otra filmada por Roger Corman presentase una serie de historias de miedo, Freddie Francis ya nos dio las predicciones de este doctor Terror y su baraja maldita para buen disfrute por parte del aficionado.



Resultado de imagen de doctor terror and the house of horrorsTodo comienza cuando cinco personajes (pobres desdichados), comparten vagón en un tren. Muy bien, parecen muy normales y sonrientes. Todos menos Christopher Lee, claro. No obstante, va a haber un sexto, nada menos que Peter Cushing. Nada más verle, saltan las alarmas. Su aspecto es revelador e inquietante: sombrero, barba, no parece muy bien vestido y sus ojos claros destacan sobre unas pobladas cejas de maquillaje. Su mirada es extraña. Me ha gustado mucho esa toma en plan visión subjetiva en la que mira a todos y cada uno de los personajes y, claro está, los achanta sin necesidad de decir nada. Más extraño es que se dedique a la astrología y su apellido sea Schreck (terror, en alemán. ¿Referencia a Nosferatu?) Resulta que el buen señor ofrece leer las cartas (que él llama de manera muy sugerente “Mi casa de los horrores”) a los cinco compañeros de vagón. De este modo, tenemos cinco historias que tienen dos nexos: son truculentas y todas terminan con la misma carta: la muerte. Mejor planteamiento no puede pedirse, ¿verdad?


Para mí, la gracia de esta película radica en muchos puntos. Para empezar, la inmediatez con la que se desarrolla. Nada de enrollarse sin llegar a nada o perder el tiempo. De hecho, servidor, que estuvo mirando el reloj del DVD, puede dar fe de que empieza a leer las cartas en el minuto cinco. ¿Para qué esperar más? Hay que añadir un buen elenco de actores donde, por supuesto, destacan el propio Peter Cushing, Christopher Lee, Michael Cough o un joven Donald Sutherland entre otros (lo admito, el poder ver de nuevo compartiendo escena a Lee y Cushing justifica para mí, de pleno, el ver esta peli) Todos se desenvuelven muy bien a lo largo de las historias de los miembros del vagón que, por desgracia para ellos, les toca vivir o protagonizar en un futuro muy cercano. Destaco, por encima de todos, a Cushing que, si bien sale poquito, es más que suficiente para que su personaje se quede en nuestra memoria.




Sigamos. Las historias, cortitas, claro, pero de longitud ideal dentro del marco en que se engloban. Están muy bien, muy entretenidas aunque, claro está, alguna destaca más que otra. Con todo, desde que vi esta peli siendo un tierno infante en los gloriosos tiempos del VHS, siempre me ha parecido que, cada una de ellas, daría para un largometraje independiente, con el aliciente de que se permiten tocar prácticamente todos los mitos de las historias de terror en apenas hora y media y que todas ellas tienen su sorpresa final, siendo esto el plato más atractivo de todo el menú. Es posible que alguno piense que faltan escenas escabrosas o algo más de sangre o, quizás, la presencia del monstruo de turno de manera más clara. Bueno, puede ser, pero yo creo que, precisamente por eso, porque la historia y el golpe de efecto se imponen, la película gana mucho. 




Pringadillos en potencia, acto y realidad.


Veamos una por una:


Historia 1: el arquitecto y la casa.

El primer desgraciado que se arriesga a que el doctor Terror le diga el futuro es un arquitecto. Eso implica algo muy sugerente dentro del género de terror: mansión señorial. Si a ello le añadimos un criado misterioso que intercambia miradas con su nieta, ambos con cara de circunstancia tétrica a más no poder, resultan ser alicientes ideales en el cócktel. Si, además, ponemos el toquecito justo de viuda madura y atractiva, mejor que mejor. El misterio de esta historia comienza cuando el amigo empieza a examinar la casa. Si te encuentras con una pared que, al romperla, tiene la cara de un lobo, mal rollo. Si es la tumba de Cosmo Valdemar, el hombre lobo, peor.






Esta historia es muy sencillita; más de misterio que de terror. Hay pocos efectos pero, como va a predominar en todas las historias, se insinúa, más que se muestra, lo que me parce un aliciente muy adecuado. Con todo, me parce muy bien llevada, con buen ritmo y, a pesar de su brevedad, no deja nada al azar. Impresionante que, en tan poco tiempo, toque todos y cada uno de los tópicos del mito del hombre lobo. Atentos al final, que me parece muy bueno. 


Historia 2: familia feliz y plantas asesinas


De lo sobrenatural pasamos a la venganza de la naturaleza, algo así como Los pájaros de Hitchcock pero a lo vegetal.


Cómo no, la inmediatez continúa. Ya desde el comienzo, vemos que las plantas crecen deprisa y… se mueven. Si gritan al cortarlas y te arrancan las tijeras de las manos, mala cosa. Ya, si matan al chucho, la cosa se complica… Y si, de remate, tienen cerebro, mejor correr. Lo malo es que los protas están encerrados en una casa de la cual salir va a ser difícil. Me ha gustado, pero un poquito menos que la anterior. Con todo, buen final. De hecho, es la que deja, quizás, un final muy abierto pero igual de agorero.

En contra diría que la charla de las plantas que suelta uno de los doctores puede sobrar un poco ya que, al espectador, ni le va, ni le viene la lección acerca de los vegetales. Sí debo admitir q ue los efectos se notan ya que se ve a la legua que las plantas están manejadas por manos humanas y queda algo artificial. Otra cosa que siempre me llamó la atención de esta historia es que las reacciones de los personajes me resultan algo frías, artificiales. Por favor, a fin de cuentas, ¡son plantas asesinas! 

Una cosita, no seréis los únicos que, al ver esta historia, penséis en El día de los trífidos.


Historia 3: músico y vudú.

Aquí se oye una palabra fundamental: dios del Vudú y una isla, Tahití. Si llamas monstruo a un dios (Damballa) del lugar en mitad de una sala de fiestas la puedes liar. Si, encima, eres algo tontito y, en contra de lo que te dicen, espías una ceremonia indígena secreta destinada a ese dios y te dedicas a robar la música, ya no hay duda: eres idiota y la has liado del todo. Y es esa la imagen que me ha dado siempre el protagonista de esta historia: idiota, el típico graciosito de turno que tiene que decir siempre el chiste malo en el peor momento. Quizás el guión esté de esta forma, pero a mí me cae un poquito gordo el amigo, qué le vamos a hacer.



Esta historia es, para mí, la más floja y, por ende, la menos terrorífica. Mucho baile y música, demasiados puntos graciositos y poco miedo o golpe de efecto. Por cierto, nunca he notado mucho parecido entre la música que hace el prota con arreglos y la de los vudús pero también admito que mi oído musical es como mi capacidad para entender un problema de física: nulo. De todas, es la que tiene el final más simple. Una pena: Creo que, sin esta historia, la película hubiera quedado mucho mejor.

Como nota curiosa, el protagonista, Roy Castle, también coincidió con Cushing en El doctor Who y los Daleks y, casualidades de la vida, en el mismo papel de idiota graciosillo.


Historia 4: crítico de arte y manos asesinas (y amputadas)


Esta es de mis favoritas. Para empezar, destaco el trabajo actoral de Christopher Lee y Michael Cough. Ambos muy convincentes a pesar de la brevedad de sus roles. Lee resulta deliciosamente pedante, engreído y capullín. Pero, atentos que, lo mismo que el colega puede asustar, también puede ser asustado y aquí, en concreto, lo pasa pero que muy mal. ¿El motivo? Su oponente, interpretado por Cough y la mano amputada de este, que no para de hacer la vida imposible al primero. Es, para mí, sin duda, la historia más terrorífica, original y, sobre todo, dramática, a juzgar por el final.



Muy bueno el efecto de la mano amputada al arrastrarse por el suelo, ya sea “normal” o quemada. Como siempre digo, había vida antes del cine por ordenador. Y muy buena esa toma en la que el pintor se suicida y enlazamos su mano moribunda con la maligna y cortada. 

Como curiosidad, cuando veáis esta cuarta historia, decidme si no os recuerda a una película que, años después, protagonizaría Michael Cane titulada La mano. Cambiad al crítico de arte por un dibujante de cómics y listos. Ah, Lee y Cough ya coincidieron en Dracula. Y, sí, Michael Cough fue Alfred en las cuatro películas iniciales de Batman.


Historia 5: francesas y vampiros.

En una mezcla tan explosiva como la que llevo describiendo, no podría faltar el mito del terror por excelencia: el vampiro. Pues bien, aquí le tenemos como colofón final.

Después de la escena tipo Rendfield con abrelatas, dedo cortado, sangre y mirada maligna de francesa morena y guapa, uno sabe por dónde van a ir los tiros. Y esa es una de las características de esta historia: el no andarse con tapujos ni encubrir nada... salvo lo esencial, claro. Por eso, algunos diálogos, a parte de las escenas antes nombradas, no dejan margen de error: “Es un hombre muy solitario, suele trabajar por las noches…” Aún así, consigue mantener el interés justo por eso, porque sabemos por qué derroteros nos vamos a mover. Con todo, cómo no, un buen final, muy original y hasta graciosillo. 





Pero, si de finales hablamos, tengo que hacer referencia al FINALAZO que guarda la película al margen de las historias. Recuerdo que, siendo un tierno infante, me impresionó mucho y, a día de hoy, me sigue encantando. Dichoso doctor Schreck…





Pues, hasta aquí hemos llegado. Vedla y disfrutarla, que merece la pena. Y, si la habéis visto ya, haced como yo: cada cierto tiempo hay que repasar la lección. Para mí, una película muy bien llevada, original en su planteamiento, nudo y, sobre todo, desenlace, una muestra de ese tipo de cine que, ya hoy no se hace. Y no lo digo porque eso de que contar historias cortas de terror en una peli ya no se lleve (hay que admitirlo, eso requiere una buena sesión de estrujarse el cerebro y ser original, cosa que, hoy día, parece que no se lleva mucho), sino porque hay que reconocer que el género de terror, al menos para este que escribe, antes era mucho más original y, sobre todo, entretenido.


Ah, y, si algún tío siniestro se sienta a vuestro lado en un tren, autobús, avión o sus derivados, y os saca una baraja de tarot, sed listos y bajaos en la siguiente parada o, en su defecto, tirad de paracaídas.


Un saludo y vigilad el cielo.






domingo, 28 de septiembre de 2014

Doctor Who y los Daleks


El doctor Who y los daleks (Dr. Who and the daleks)
(1965)
Director: Gordon Flemyng
Guión   : Milton Subotsky 
Peter Cushing
Jennie Linden
Roberta Tovey
Roy Castle
Barrie Ingham

El doctor Who y su familia viaja a un extraño mundo poblado de razas mutantes enfrentadas…
Para todos aquellos que no sepan quién es el doctor Who o los que tan solo hayan oído hablar de él de pasada:

Se trata del protagonista de una serie de gran éxito en Inglaterra y una de las más longevas. Basta decir que comenzó a emitirse en 1963 hasta 1989. Luego, en 2005, se reanudó su emisión con nuevos episodios y, claro está nuevos actores. Bien se puede decir que en las tierras inglesas esta serie despierta auténticas pasiones y es muy venerada. El protagonista de la misma es un tal doctor Who (que no tiene un nombre como tal) y que, a bordo de una máquina llamada Tardis construida por él mismo, es capaz de viajar en el tiempo o a mundos desconocidos y alucinantes. ¿Cómo es posible que unos actores aguanten tanto en una serie? Los guionistas se inventaron un truco de lo más efectivo: el amigo doctor es capaz de regenerar su cuerpo al borde de la muerte y, por ello, es posible cambiar de actor.
Pues bien, como es lógico, la serie dio lugar a alguna que otra película, como esta que nos ocupa, allá por los sesenta. Debo admitir, para vergüenza de este vigilante del cielo, que no tenía ni idea de este hecho pero, cuando me enteré de que Peter Cushing (actor que siempre me ha encantado y que alguna vez ha aparecido por este blog) interpretó al doctor, no dude ni un momento en hacerme con la peli para compartirla con vosotros.

El doctor Who y los daleks es una película propia de su tiempo. Esto quiere decir que el argumento es muy sencillo, los efectos especiales curiosos y los mundos que trata de reflejar alucinantes en todos los sentidos (los buenos y los no tanto) Pero, como correr nunca es bueno, vamos a ir por partes…

A favor debe destacar varias cosas. Para empezar, ya desde la primera escena se nos presenta a los personajes. Nada de perder el tiempo, como debe ser. Así, conocemos a una familia de lo más curiosa o, mejor dicho, empollona, ya que El doctor (Cushing) y sus dos nietas, una mayor, Barbara (Jennie Linden) y otra que es una niña, Susan (Roberta Tovey), están leyendo revistas científicas. Ni periódicos, ni revistas de moda ni novelas de aventuras. Vamos, el sueño de cualquier calculín. No obstante, el núcleo familiar se ve alterado por la llegada del novio de la más mayor, Ian (Roy Castle) Y si la familia del doctor es el colmo de lo científico y racional, el susodicho novio pertenece a la clase patosa, graciosita y payasil. Será verdad eso de que los polos opuestos se atraen.

La peli sigue yendo al grano y el doctor nos presenta a la Tardis, una especie de máquina del tiempo con aspecto de cabina telefónica por fuera pero por dentro es una barbaridad de espaciosa y está llena de aparatos raros de todo tipo (y, de paso, apunto que servidor estaría encantado de conocerla por dentro para marcarme un viajecito vete tú a saber dónde, ya sea en el espacio o el tiempo). En palabras del doctor “…representa el tiempo y la dimensión relativa en el espacio…” (ahí es nada)  Y ahí, gracias a la estupidez del novio recién llegado, la máquina se activa y se produce el viaje que dará lugar a la trama de la cinta.

Bien por el misterio inicial que se crea. Sabemos que, como es obvio, han viajado a alguna parte, pero no tenemos ni idea de a dónde. Vale, porque ellos tampoco. Este misterio se incrementa cuando vemos que el lugar donde están es de lo más extraño, una especie de sueño extraño hecho realidad donde, o bien pueden ocurrir cosas buenas o rematadamente malas.

El misterio sigue con el descubrimiento de una extraña ciudad. A destacar que, aprovechando que las puertas parecen abrirse solas, el guión nos ofrece algún momentito de humor mientras Ian trata de abrirlas. Depende de cómo te pille, esto te puede gustar o no y pienses que, quizás, está un poquito de sobra porque parece que quita algo de seriedad al tema. Bueno, cuestión de preferencias del personal.

Curioso el diseño de los habitantes de la ciudad, que resultan ser los no menos misteriosos daleks, que puedo definir como una especie de tatarabuelos de R2-D2, es decir, cabezones, sin piernas, se arrastran y resultan muy robóticos. Y es a costa de ellos cuando se nos informa de algo que sí me ha gustado: resulta que los mencionados daleks no son máquinas como tal, sino seres vivos que están obligados a vivir encerrados en esos cuerpos robóticos para protegerse de la radiación desatada por una guerra nuclear. La cuestión es que, además de ellos, hay otra raza que sí sobrevivió a esa guerra y se adaptó a las nuevas condiciones del lugar. Un detalle, repito, que, tras algún que otro momento cómico o light del guión aporta seriedad a la historia.

Seguimos. A destacar también los pequeños giros en el guión que hacen que, en mayor o menor medida, tratan de mantener el interés del espectador. Resulta que los daleks son muy bonitos y chulos, pero también, malos. Si eres fan de la serie esto no te pilla de nuevas. Debo reconocer que, en el momento de escribir esta reseña yo no estaba muy metido en el universo del doctor y la cosa me sorprendió (para bien) Ahora puedo decir que ya no soy tan novato en la materia (aún me queda mucho por descubrir) y admito que estos cabezones robóticos son muy malos pero, justo por eso, me caen muy bien. Atentos al propósito de los susodichos: quieren una droga que les permita salir de sus corazas y gobernar el planeta. Para ello, usan a la nieta pequeña del doctor para que salga a buscarla, cosa esta que será excusa para que conozcamos a la otra raza dominante, los Thals, derivando ello al aspecto más aventurero de la trama. De este modo, el guión que tienes por delante va a ser precisamente eso: pura aventura y diversión y un afán más que aceptable de que, el tiempo que dura la peli, estés en un planeta muy lejano pasando un ratito lo más agradable posible.

¿Cosas que me han parecido muy flojas? Unas cuantas.

Para empezar, hay ciertos detallitos en el guión que me han llamado la atención. Como siempre digo, puede ser porque no se lo curraron muy bien o, quizás, lo hicieron así porque les dio la gana, pero ahí quedan. Veamos, lo primero que destaca es que los personajes pueden ser muy listos, (demasiado, ya que el detalle de estar leyendo cosas de física avanzada da un toque de repelente bastante peligrosos) vale, pero se trasladan a un planeta de lo más extraño con ciudad misteriosa incluida y no se inmutan lo más mínimo. Se ve que la familia está acostumbrada a eso, claro pero, algún gesto de extrañeza no hubiera venido mal. Después de ver un par de temporadas de la serie (alucinantes y geniales, debo decir), esto lo he comprendido mejor porque, si has visto algún capítulo, lo de viajar en el tiempo es lo mismo que para ti o para mi beber agua pero, aún así, podrían haber añadido algún gesto de sorpresa en los personajes. Bueno, en el amor, la guerra y los viajes en el espacio y el tiempo, para el doctor Who todo vale.

Otro de los detalles: una vez en el mundo desconocido, llegan a la ciudad de los daleks (ellos no lo saben de momento, claro) y, ¿cuál es la ocurrencia del doctor? Pues separarse e investigar. Que uno de ellos sea una cría de diez u once años y otro el pretendiente patoso de la chica parece no importar nada. El caso es que se separan, investigan y encuentran lugares de entrada a la ciudad.

Sigamos. La ciudad de los daleks parece, en su interior, algo futurista, con puertas correderas que se abren porque sí, lucecitas a montones y alguna que otra lámpara de lava puesta de manera muy sutil en el decorado. Y si hablamos de los daleks no pude evitar pensar en una especie de aspiradora gigante a la que le sombran alguna que otra antenita o lucecita. No obstante, aquí debo reconocer que, precisamente por eso, no dejan de resultar entrañable. Ah, y hay una escena en la que se entrevé un dalek fuera de la coraza, una especie de mano moribunda que se asoma. Hubiera sido fantástico ver a la criatura de cuerpo entero para saber el aspecto que tienen  pero esto no me parece del todo mal; a fin de cuentas, así se mantiene el misterio con respecto a estos seres.

Pero, si de seres raros hablamos, tengo que hacer una mención especial a los otros habitantes del planeta, los mutantes buenos, por decirlo así. Me refiero, cómo no, a los Thals. Lo admito, la apariencia no me ha gustado nada. Esas pelucas rubio platino, el tono gris de las caras o los vestidos que parecen sacados de El tiempo en sus manos no me han parecido muy acertados. Pero todo esto tiene un pase (te guste o no) con respecto al detalle que menos me ha gustado de los: las pestañas enormes que les han puesto. Estas, en conjunto con lo anteriormente nombrado, dan a los mutantes un aire desfasado y, si nos ponemos algo malvados, tan cutre que contribuye a que la cinta haya quedado algo desfasada.

¿Más cosas? Sí, porque que el doctor Who incite en todo momento a pelear a los Thals, que entren en la ciudad con un montón de espejitos en la mano deslumbrando a las máquinas, que los decorados del planeta se reduzcan muchas veces a arbustos, matorrales o lagos con un cielo por completo negro o que los daleks realicen la cuenta atrás con números árabes, son detallitos que ahí quedan. Que, una vez dentro de la ciudad, los daleks sean tan fáciles de vencer (poco más que a base de empujones y coger sus antenas/laser y enfocarlas hacia otros daleks) ya son cosas que, según los gustos de cada uno, pueden resultar curiosas o, en el peor de los casos, algo cutrecillas.



Pero, lo que menos me ha gustado, sin lugar a dudas, es el modo tan absurdo y tonto de terminar la película. Que al final de todo, quieran regresar a la tierra y aparezcan en mitad de una batalla con romanos de por medio, me ha parecido, como poco, un final mal trabajado. Repito, es mi opinión…

Dejo los actores para el final. Debo admitir que yo me he atado la manta a la cabeza por Peter Cushing que, como siempre hace un buen trabajo, si bien es cierto que, en esta cinta, creo que se le nota un poquito el hecho de intentar parecer un anciano, caminado un poco espatarrado y con  chepa. Jennie Linden ni pincha ni corta, es sólo el personaje femenino. La niña,  Roberta Tovey, igual que su hermana, si bien me ha resultado un poquito repelente. Por último, Roy Castle como Ian cumple en un papel secundario y que aporta el tono gracioso que puede que te caiga bien o gordo, depende de cada uno. Por cierto, Castle también coincidió con Cushing en esa joyita llamada El doctor Terror y la casa de los horrores haciendo un papel muy parecido: graciosito y cargante.

Pues bien amigos vigilantes del cielo, hasta aquí hemos llegado. Una peliculita que, en mi opinión, se puede ver sin muchas pretensiones, más como curiosidad que como otra cosa. Le falta un poquito de gancho, quizás de seriedad, de acción y aventura pero sí es cierto que no llega a resultar tan absurda como muchas de las cintas del género. Si quieres pasar un rato curioso y ver un ejemplo de cine que ya, por unas o por otras, no se hace hoy día, te recomiendo que le des un pase. Puede que te parezca anclada a una época muy concreta y que no ha envejecido muy bien pero ahí está. Y, para que quede constancia, tuvo una secuela: Los marcianos invaden la tierra o, según donde busques, Los daleks invaden la Tierra.

Vigilando el cielo.