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miércoles, 12 de julio de 2017

Doctor Terror y la casa de los horrores


Doctor terror y la casa de los horrores. 
(Doctor Terror’s house of horrors)
(1965)
Director: Freddie Francis.
Guión : Milton Subotsky.

Peter Cushing.
Christopher Lee.
Donald Sutherland.
Michael Gough.
Neil McCallum.
Alan Freeman.
Roy Castle.



Cinco personajes coinciden en un vagón de tren. Se les suma un sexto, un misterioso doctor que lee las cartas tarot…


Vamos allá con un subgénero dentro del cine de terror que, por desgracia, hace mucho que no se da y parece relegado al olvido: el de contar historias cortas y macabras que tienen algún nexo en forma de personaje o situación más macabra aún. Y es que, antes de que cintas como Creepshow o alguna que otra filmada por Roger Corman presentase una serie de historias de miedo, Freddie Francis ya nos dio las predicciones de este doctor Terror y su baraja maldita para buen disfrute por parte del aficionado.


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Todo comienza cuando cinco personajes (pobres desdichados), comparten vagón en un tren. Muy bien, parecen muy normales y sonrientes. Todos menos Christopher Lee, claro. No obstante, va a haber un sexto, nada menos que Peter Cushing. Nada más verle, saltan las alarmas. Su aspecto es revelador e inquietante: sombrero, barba, no parece muy bien vestido y sus ojos claros destacan sobre unas pobladas cejas de maquillaje. Su mirada es extraña. Me ha gustado mucho esa toma en plan visión subjetiva en la que mira a todos y cada uno de los personajes y, claro está, los achanta sin necesidad de decir nada. Más extraño es que se dedique a la astrología y su apellido sea Schreck (terror, en alemán. ¿Referencia a Nosferatu?) Resulta que el buen señor ofrece leer las cartas (que él llama de manera muy sugerente “Mi casa de los horrores”) a los cinco compañeros de vagón. De este modo, tenemos cinco historias que tienen dos nexos: son truculentas y todas terminan con la misma carta: la muerte. Mejor planteamiento no puede pedirse, ¿verdad?


Para mí, la gracia de esta película radica en muchos puntos. Para empezar, la inmediatez con la que se desarrolla. Nada de enrollarse sin llegar a nada o perder el tiempo. De hecho, servidor, que estuvo mirando el reloj del DVD, puede dar fe de que empieza a leer las cartas en el minuto cinco. ¿Para qué esperar más? Hay que añadir un buen elenco de actores donde, por supuesto, destacan el propio Peter Cushing, Christopher Lee, Michael Cough o un joven Donald Sutherland entre otros (lo admito, el poder ver de nuevo compartiendo escena a Lee y Cushing justifica para mí, de pleno, el ver esta peli) Todos se desenvuelven muy bien a lo largo de las historias de los miembros del vagón que, por desgracia para ellos, les toca vivir o protagonizar en un futuro muy cercano. Destaco, por encima de todos, a Cushing que, si bien sale poquito, es más que suficiente para que su personaje se quede en nuestra memoria.




Sigamos. Las historias, cortitas, claro, pero de longitud ideal dentro del marco en que se engloban. Están muy bien, muy entretenidas aunque, claro está, alguna destaca más que otra. Con todo, desde que vi esta peli siendo un tierno infante en los gloriosos tiempos del VHS, siempre me ha parecido que, cada una de ellas, daría para un largometraje independiente, con el aliciente de que se permiten tocar prácticamente todos los mitos de las historias de terror en apenas hora y media y que todas ellas tienen su sorpresa final, siendo esto el plato más atractivo de todo el menú. Es posible que alguno piense que faltan escenas escabrosas o algo más de sangre o, quizás, la presencia del monstruo de turno de manera más clara. Bueno, puede ser, pero yo creo que, precisamente por eso, porque la historia y el golpe de efecto se imponen, la película gana mucho. 


Pringadillos en potencia, acto y realidad.


Veamos una por una:


Historia 1: el arquitecto y la casa.


El primer desgraciado que se arriesga a que el doctor Terror le diga el futuro es un arquitecto. Eso implica algo muy sugerente dentro del género de terror: mansión señorial. Si a ello le añadimos un criado misterioso que intercambia miradas con su nieta, ambos con cara de circunstancia tétrica a más no poder, resultan ser alicientes ideales en el cócktel. Si, además, ponemos el toquecito justo de viuda madura y atractiva, mejor que mejor. El misterio de esta historia comienza cuando el amigo empieza a examinar la casa. Si te encuentras con una pared que, al romperla, tiene la cara de un lobo, mal rollo. Si es la tumba de Cosmo Valdemar, el hombre lobo, peor. 



Esta historia es muy sencillita; más de misterio que de terror. Hay pocos efectos pero, como va a predominar en todas las historias, se insinúa, más que se muestra, lo que me parce un aliciente muy adecuado. Con todo, me parce muy bien llevada, con buen ritmo y, a pesar de su brevedad, no deja nada al azar. Impresionante que, en tan poco tiempo, toque todos y cada uno de los tópicos del mito del hombre lobo. Atentos al final, que me parece muy bueno. 


Historia 2: familia feliz y plantas asesinas


De lo sobrenatural pasamos a la venganza de la naturaleza, algo así como Los pájaros de Hitchcock pero a lo vegetal.



Cómo no, la inmediatez continúa. Ya desde el comienzo, vemos que las plantas crecen deprisa y… se mueven. Si gritan al cortarlas y te arrancan las tijeras de las manos, mala cosa. Ya, si matan al chucho, la cosa se complica… Y si, de remate, tienen cerebro, mejor correr. Lo malo es que los protas están encerrados en una casa de la cual salir va a ser difícil. Me ha gustado, pero un poquito menos que la anterior. Con todo, buen final. De hecho, es la que deja, quizás, un final muy abierto pero igual de agorero.

En contra diría que la charla de las plantas que suelta uno de los doctores puede sobrar un poco ya que, al espectador, ni le va, ni le viene la lección acerca de los vegetales. Sí debo admitir q ue los efectos se notan ya que se ve a la legua que las plantas están manejadas por manos humanas y queda algo artificial. Otra cosa que siempre me llamó la atención de esta historia es que las reacciones de los personajes me resultan algo frías, artificiales. Por favor, a fin de cuentas, ¡son plantas asesinas! 

Una cosita, no seréis los únicos que, al ver esta historia, penséis en El día de los trífidos.


Historia 3: músico y vudú.

Aquí se oye una palabra fundamental: dios del Vudú y una isla, Tahití. Si llamas monstruo a un dios (Damballa) del lugar en mitad de una sala de fiestas la puedes liar. Si, encima, eres algo tontito y, en contra de lo que te dicen, espías una ceremonia indígena secreta destinada a ese dios y te dedicas a robar la música, ya no hay duda: eres idiota y la has liado del todo. Y es esa la imagen que me ha dado siempre el protagonista de esta historia: idiota, el típico graciosito de turno que tiene que decir siempre el chiste malo en el peor momento. Quizás el guión esté de esta forma, pero a mí me cae un poquito gordo el amigo, qué le vamos a hacer.




Esta historia es, para mí, la más floja y, por ende, la menos terrorífica. Mucho baile y música, demasiados puntos graciositos y poco miedo o golpe de efecto. Por cierto, nunca he notado mucho parecido entre la música que hace el prota con arreglos y la de los vudús pero también admito que mi oído musical es como mi capacidad para entender un problema de física: nulo. De todas, es la que tiene el final más simple. Una pena: Creo que, sin esta historia, la película hubiera quedado mucho mejor.

Como nota curiosa, el protagonista, Roy Castle, también coincidió con Cushing en El doctor Who y los Daleks y, casualidades de la vida, en el mismo papel de idiota graciosillo.


Historia 4: crítico de arte y manos asesinas (y amputadas)


Esta es de mis favoritas. Para empezar, destaco el trabajo actoral de Christopher Lee y Michael Cough. Ambos muy convincentes a pesar de la brevedad de sus roles. Lee resulta deliciosamente pedante, engreído y capullín. Pero, atentos que, lo mismo que el colega puede asustar, también puede ser asustado y aquí, en concreto, lo pasa pero que muy mal. ¿El motivo? Su oponente, interpretado por Cough y la mano amputada de este, que no para de hacer la vida imposible al primero. Es, para mí, sin duda, la historia más terrorífica, original y, sobre todo, dramática, a juzgar por el final.



Muy bueno el efecto de la mano amputada al arrastrarse por el suelo, ya sea “normal” o quemada. Como siempre digo, había vida antes del cine por ordenador. Y muy buena esa toma en la que el pintor se suicida y enlazamos su mano moribunda con la maligna y cortada. 

Como curiosidad, cuando veáis esta cuarta historia, decidme si no os recuerda a una película que, años después, protagonizaría Michael Cane titulada La mano. Cambiad al crítico de arte por un dibujante de cómics y listos. Ah, Lee y Cough ya coincidieron en Dracula. Y, sí, Michael Cough fue Alfred en las cuatro películas iniciales de Batman.


Historia 5: francesas y vampiros.

En una mezcla tan explosiva como la que llevo describiendo, no podría faltar el mito del terror por excelencia: el vampiro. Pues bien, aquí le tenemos como colofón final.

Después de la escena tipo Rendfield con abrelatas, dedo cortado, sangre y mirada maligna de francesa morena y guapa, uno sabe por dónde van a ir los tiros. Y esa es una de las características de esta historia: el no andarse con tapujos ni encubrir nada... salvo lo esencial, claro. Por eso, algunos diálogos, a parte de las escenas antes nombradas, no dejan margen de error: “Es un hombre muy solitario, suele trabajar por las noches…” Aún así, consigue mantener el interés justo por eso, porque sabemos por qué derroteros nos vamos a mover. Con todo, cómo no, un buen final, muy original y hasta graciosillo. 





Pero, si de finales hablamos, tengo que hacer referencia al FINALAZO que guarda la película al margen de las historias. Recuerdo que, siendo un tierno infante, me impresionó mucho y, a día de hoy, me sigue encantando. Dichoso doctor Schreck…






Pues, hasta aquí hemos llegado. Vedla y disfrutarla, que merece la pena. Y, si la habéis visto ya, haced como yo: cada cierto tiempo hay que repasar la lección. Para mí, una película muy bien llevada, original en su planteamiento, nudo y, sobre todo, desenlace, una muestra de ese tipo de cine que, ya hoy no se hace. Y no lo digo porque eso de que contar historias cortas de terror en una peli ya no se lleve (hay que admitirlo, eso requiere una buena sesión de estrujarse el cerebro y ser original, cosa que, hoy día, parece que no se lleva mucho), sino porque hay que reconocer que el género de terror, al menos para este que escribe, antes era mucho más efectista y original que ahora. 

Ah, y, si algún tío siniestro se sienta a vuestro lado en un tren, autobús, avión o sus derivados, y os saca una baraja de tarot, sed listos y bajaos en la siguiente parada o, en su defecto, tirad de paracaídas.


Un saludo y vigilad el cielo.





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