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jueves, 21 de marzo de 2013

Las mujeres gato de la Luna


Las mujeres gato de la luna (Cat-Women of the Moon)
Director: Arthur Hilton
Guión   : Roy Hamilton (Historia: Al Zimbalist, Jack Rabin)
Sonny Tufts
Victor Jory
Marie Windsor
William Phipps
Douglas Fowley
Carol Brewster
Susan Morrow
Suzanne Alexander
Bette Arlen
Roxann Delman
 

Una expedición aterriza en la Luna. No saben que esta estará habitada por misteriosas mujeres gato…
 
Para todos los amantes del cine de ciencia ficción y aventuras intergalácticas hay algo fuera de toda duda, una máxima inamovible: el espacio es un lugar peligroso. Ejemplos hay a patadas. Preguntad a los habitantes del planeta Mongo, a los tripulantes de la Nostromo o a esos que viven en una galaxia muy, muy lejana. Los peligros que se esconden en cualquier planeta remoto son de lo más variado; pueden ir desde seres que plantan sus huevos en tu estómago hasta dictadores imperiales y despóticos pasando  por planetas llenos de gusanos gigantescos. Pues bien, he aquí que una nueva amenaza debe sumarse a todas esas: las mujeres gato. Así, como lo habéis oído. ¿Y de dónde? Pues de la Luna. Ahí es nada.
Debo reconocerlo: no había oído hablar de esta peli en mis años de existencia pero, cuando la vi perdida en una estantería de un centro comercial no pude evitarlo: me lancé a ella lo mismo que un Sith al lado oscuro. Por experiencia sabía que lo que lo que mis ojos estaban a punto de ver no me iba a dejar muy indiferente: el título es rimbombante y cincuentero, el color de la portada llamativo y las mujeres que se ven en ella misteriosas y gatunas. ¿Cómo resistirse? Nada, que ni me lo pensé; uno que es débil y masoca.
Pues bien. Me equivoqué.

La peli ha roto mis expectativas. Es el delirio/ralladura/alucine mental más estrambótico que jamás pensé ver, todo un despliegue de cutrez cuyo efecto se extiende a un guión sin sentido, unas actuaciones inexistentes, unos diálogos de traca y unas situaciones que hacen que la expresión de “no tener pies ni cabeza” se quede corta. Lo curioso, y esto lo digo como piropo, es que la cosa alcanza un grado tal que, de manera mística, hace que no apartes los ojos de la pantalla. Lo malo es lo que pueda pasar por tu cabeza cuando descubras y asumas que, en efecto, HAS VISTO la peli ENTERA.

Vamos por partes.
En primer lugar, tenemos narrador en off. Mala cosa. Mi experiencia con las pelis de ciencia ficción de los años cincuenta me ha enseñado que, salvo casos contados (Plantea prohibido), si hay narrador en off hay ralladura de cerebro. ¿Por qué? Ni idea. Es como si alguien decidiese que un toque de voz seria y profunda hablando en plan enigmático diera autoridad al tema.
Y así, nada más ver el cohete (efectos de peli barata, pero ahí quedan), el espectáculo cutre comienza. Para empezar, sabemos que los astronautas (o lo que sean) van a toda velocidad a bordo de la nave. Para mostrarlo, las caras y gestos de aceleración que ponen.  No pasa nada. Kip, el duro, se frota la cara con las manos y a tomar viento el efecto de aceleración. Ya se mueven como Pedro por su casa. Entonces caemos: ¿Por qué esos astronautas llevan trajes de explorador? A saber. Pero lo mejor es la reacción de los amigos al despertar. Veamos, si, como astronauta, te montas en un cohete a la Luna asumes que todo está probado y revisado. Pues estos no. De hecho, todos ellos se sorprenden de que, en efecto, la cosa haya funcionado.
 
“¿Quién lo hubiera dicho?”, pregunta Kip, sorprendido.
“El espacio. Lo conseguimos”, dice Doug alucinado.
Walt, que es el espabilado del grupo, va más allá: “Voy a ganar apuestas con esto” Lo admito, este diálogo me descoloca. ¿De verdad es tu primera impresión al salir al espacio? Es más, ¿es que alguien apostó en tu cara que no lo lograrías?
Es decir, ninguno de los presentes tenía previsto que el cohete funcionase ya que parecen muy sorprendidos de seguir vivos.
Pero el colmo de todo, y uno de los grandes momentos de la peli (n tiene la carrera de carros, Lo que el viento se llevó lo de “A Dios pongo por testigo…) es lo que la única chica, Helen, hace nada más despertarse: se levanta, va a un cajón, saca un peine, un espejito. Y se peina y se arregla el pelo. Ahí está. Si se es coqueta, se es coqueta. Y lo hace como si tal cosa, lo mismo que tú en un día cualquiera. Y, por si no te has dado cuenta, he dicho “cajón” Porque en este cohete hay camastros, cajones, mesas y taquillas de gimnasio. Y sí, las sillas son de oficina, con ruedas y todo. Ah, y si la amiga suelta un mensaje en clave que nadie entiende, da igual: o no la han oído o no le hacen ni puñetero caso. Tampoco es de extrañar. Cuando se acercan a la Luna, un general del alto mando les felicita por radio. ¿Qué hace Walt mientras? Ofrece un chicle a su compañero. O son todos muy chulos o algo idiotas. Pero calma, calma, que esto solo está empezando.
Y aquí hago una pausa para advertir al lector. Lo admito; hay cosas que deben verse y oírse. Si Santo Tomás necesitó ver y meter los dedos para creerse lo que sus ojos contemplaban, entiendo que tú tengas la necesidad de comprobar que lo que digo es verdad. Y, para dar testimonio de ello, pienso dejaros unos cuantos vídeos que ilustran lo que escribo. Hazte un favor: lee, ve y luego me cuentas. Eso sí, no lo pienses mucho.

Una vez que tenemos una idea de los personajes, viene el primer momento tenso: un meteorito  que surge de ve tú a saber dónde, va directo al cohete. Y lo notan cuando lo tienen encima. No pasa nada; aquí el personal es experimentado y se deshacen de él con fuerza centrífuga, léase, girando sobre sí mismo varias veces. Si eres capaz de explicármelo, seré todo ojos.
Y, por fin, llegan a la Luna. Por supuesto, se equipan para salir. Todos se ponen unos trajes muy chulos y de peli de la época. ¿Es todo? No porque, a partir de este momento, el despliegue de sinsentidos se eleva hasta llegar a cotas raramente alcanzadas por el ser humano. Para empezar, después de vestirse, Helen se obsesiona de manera compulsiva en llevar una caja de cigarrillos. “Si no hay oxígeno —dice Kip muy acertado—, ¿para qué quieres cigarrillos?” Esta pregunta, que es de lo más lógica, queda eclipsada por la respuesta de la chica: “Me siento más tranquila llevándolos” Ok, si eres valiente, puedes seguir viendo la peli. “Más absurda es tu pistola —le replican a Kip—. Ya sabes que no hay vida en la Luna” Si esta conversición te parece absurda, agárrate porque otro de los astronautas quiere llevar un cartel que ponga “LOS ANGELES CITY LIMITS” y otro, cartas y unos sellos “Las primeras cartas desde la Luna” Palabrita de niño Jesús.
 
Al fin, bajan a la Luna por un ascensor muy chulo. Y, de nuevo, gritan “¡Funciona!”, confirmando que, además de no dar dos duros por el viaje espacial, tampoco pensaban que las instalaciones valiesen un céntimo. Para que digan de la NASA…
Ya en la superficie lunar ven una cueva. Otra cosa que destaca es el primer pensamiento que pasa por sus mentes. ¿Alguna frase guay? ¿Algo profundo? ¿Enigmático? Nada: “¡Puede que haya un tesoro en la cueva!”, suelta uno. Arsa, digo yo. Pero, atentos, que viene otro momentazo: Laird, en una arrebato de inspiración divina, coge un cigarrillo, lo tira al suelo… ¡y se prende fuego! Un momento. ¿Sin oxígeno? Pues sí. De donde le vino la idea no puedo decirlo porque luego siguen caminando (en fila de a uno) como si tal cosa. Ah, y solo por nombrarlo, muy chulos sus trajes y escafandras pero en cuestión de intercomunicadores, nada de nada. Por eso, hablan a gritos.
Se meten en la cueva, claro. Y, mira tú por dónde, alucinan cuando ven que hay agua. Curioso porque por con lo del cigarrillo ni se inmutaron. Cuestión de clases, digo yo. Kip, en otro arrebato de sabiduría, nota que sus botas pesan y llega a una conclusión: en esa cueva HAY atmósfera. Ojo, solo en esa cueva. Pero, espera, ¿cómo probarlo? Bueno, cualquiera diría que la chorrada de las botas ya es una prueba en sí. Pues no, para ratificarlo… ¡SACAN UN CIGARRILLO Y UNA CERILLA! ¡Hay oxígeno! ¡Pues venga; a quitarse los trajes y a vestir de explorador! Según explican, la cueva es “una cámara de descomprensión natural” Lo admito, yo soy de letras y no lo termino de entender. No obstante, otro momento para la historia: Walt, el de las apuestas, que es un tío práctico, tiene otro arrebato de lucidez: embotellar el aire de la Luna. “¡Brisa Lunar para tos crónica y asma!, dice Doug emocionado. No me extraña; me ocurriría lo mismo. Aún así, Kip, que, aparte de duro, es listo, deduce: “Donde hay oxígeno hay vida y, donde hay vida, hay muerte” La verdad, lo profundo del pensamiento me da que reflexionar mucho. Menos mal que, de pronto, una araña gigante, a la que se le ve claramente el cable de que cuelga, cae encima de Helen. Y más curioso es que tanta pistola para nada: la atacan todos a golpes. Y, como los hombres son duros, ¿qué hacen con la pobre chica después de ser atacada por una araña gigante en una cueva con aire de la Luna? Se va cada uno por su lado y la dejan sola. Jo…
 
Seguimos, que la cosa se pone misteriosa cuando descubren la ciudad de las mujeres gato. Por supuesto, investigan. Lo curioso es que no se ponen de acuerdo cuando, en dos columnas, hay ceniza. Uno dice que, en la de la derecha que hace siglos que no se prende. Otro compañero, el de la izquierda, suelta que esa está lista para arder. ¿Solución? ¡SÍ! ¡LAS CERILLAS DE HELEN! ¡Y claro que arde! Entonces descubrimos que hay atmosfera en la cueva y en esa ciudad. Pero como Kip es un tío profundo, cree que “…Tiene que haber vida inteligente para robarnos los trajes…” Por esa lógica, digo yo, mi gata, que me quita los calcetines que se le ponen a tiro, debe ser el colmo de la inteligencia porque hasta los guarda en su camita.
No hay que esperar mucho para, al fin, ver a las dichosas mujeres gato, léase féminas vestidas de mallas negras con zapatillas, moño bestial y cejas kilométricas. Se llaman de manera griega muy terrestre: Alfa, Beta, Lambda… Llegados aquí, no debes cuestionar nada desde un punto de vista lógico porque puedes acabar pirado del todo. ¿Porqué solo hay mujeres? En resumidas cuentas, porque  a los hombres no les controlan. La explicación no puede ser más surrealista. Y, de nuevo, ver, oír, creer, callar y alucinar.
 
Llegados a este punto, ¿qué hacen los astronautas? ¿Se interesan por algo? ¿Preguntan? ¿Plantean alguna cuestión acerca de la situación tan increíble que están viviendo? No. Comen y beben. “Me pregunto qué dirían en casa  si me vieran cenando con una chica tan guapa”, es el pensamiento más profundo de Doug. Ahí descubrimos que, para ser mujer gato de la luna, el  sueño de esta es ir a la playa y beber Coca-Cola (¿¿¿¿!!!!!!!??????) Walt, que, como dije antes, es el tipo práctico, quiere llevarse un recuerdo a casa. Ya que no puede el aire embotelladlo, con un brazalete se conforma. Cuando se entera que hay oro en la luna, flipa. El espectador, también.  El trato que le propone es fácil: el oro a cambio del cohete. De ahí viene un mega-diálogo dicho por Walt que me hace pensar que el guionista, cuando escribía, o estaba fumado, bebido o, simplemente, no estaba: “Cariño, eres demasiado lista; a mí me gusta tontas



Con todo, para aliviar tensiones, las felinas de la luna nos ofrecen un baile gatuno espacial que no viene a cuento de nada pero que ahí queda. Comprobad:
 
Posiblemente, si has leído hasta aquí, pienses que me enrollo como las persianas y, quizás, tengas razón pero es que la peliculita se las trae y creo que es necesario mencionar todo para que entiendas que hay detalles que no se pueden pasar por alto. ¿Hay cosas más absurdas aún? ¡Uy, a patadas! Por ejemplo, hay escenas en las que, a veces,  según el plano, es de día y otras, de noche (la sombra de Ed Wood es alargada), el amor bestial que le pega a Lambda hacia un astronauta que, a fin de cuentas, pertenece a otra raza, Laird saca una libreta y un boli de no se sabe dónde para dar datos a Helen. ¿Más? Sí, porque, en mitad de la que tienen encima, los astronautas Kip y Laird parecen gallitos en pos del amor de Helen o una bofetadas realmente mal dadas.
 
Y, al fin, porque, gracias a Dios, todo termina, un final precipitado, donde no se ve cómo se acaba con las mujeres gato malas; todos al cohete y a casita, que llueve.
Los actores, al menos para mí, pasan por la pantalla y listos. Si bien la capacidad actoral no es el rasgo distintivo de la peli, debo decir que los que menos me gustan son Marie Windsor, que me resulta completamente irreal y acartonada y Sonny Tufts, que creo se pasa de tipo duro unas cuantas galaxias.
Pues esto ha sido todo. Lo admito, un viaje que no tiene desperdicio, un cúmulo de situaciones, diálogos, actuaciones forzadas que tratan de aportar una naturalidad absolutamente teatral pero que, en mitad de semejante delirio espacial, no se puede esperar otra cosa. Si te pilla de buenas, soltarás un buen par de carcajadas, abrirás los ojos de par en par y, cuando termines de verla, te sentirás como en una nube; no darás crédito a lo que acabas de ver ni, cosa peor aún, que lo has visto de manera voluntaria. Puede que esto, en el futuro, tenga consecuencias para tu cerebro. Si tienes un día nublado o estás de malas, sacarás el disco, abrirás la ventana (la más alta, para que quede más destrozado) y lo mandarás a tomar viento. También está la opción de patearlo pero, posiblemente, no te queden fuerzas para la tarea.
Por cierto, la película se pudo haber llamado de cualquier modo: Mujeres misteriosas, mujeres en mallas, mujeres espaciales vestidas de negro o Viaje alucinante a un sitio mega-alucinante. Lo digo porque en ningún momento se usa el término “mujeres gato”
Ah, y conste una cosa y quede está bien clara: en el espacio, ni sables láser, ni phasers, ni blasters ni cañones iónicos: un buen mechero y una caja de cigarrillos. Esa es, amigos, la clave de todo (ni siquiera yo termino de creer que acabo de escribir lo que acabo de escribir)
Vigilad el cielo. 
 

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